Ejercicio 306

alvaro on Nov 19th 2008

Otro ejercicio del libro. Prometo contar algo de él antes de que termine la semana. En este caso, consistía en lo siguiente:

306.- Horóscopo. Inventa un horóscopo y escribe las predicciones de la semana que entra para cada signo


Beige

Esa semana, como la anterior: ni fu, ni fa. No te traerá grandes alegrías ni tampoco grandes desgracias. Sé que es difícil vivir así pero piensa en la crisis, las guerras, el hambre. Me dirás: qué es la vida sin pasiones. Pero ya me gustaría verte con el vientre hinchado después de estar sin comer durante semanas, o temblando de miedo una noche helada mientras oyes como se va acercando el sonido de los morteros. Créeme, es duro. Y si no pregúntale a los malva.

Amor: La chica de siempre. En el fondo la sigues queriendo.
Trabajo: La pila de documentos seguirá ahí, ni demasiado alta ni demasiado baja.
Dinero: Podrás darte un capricho. Cómprate ese paquete de rosquilletas, te lo mereces.

Ámbar

Sabes que no debiste hacerlo. Te lo dije hace dos semanas, te lo recordé la semana pasada, pero te dio igual. Ahora estarás disfrutando de ella a todas horas; en tu mente sólo habrá cabida para la lujuria, el desenfreno, el tacto suave de su piel y las curvas perfectas de sus pechos que caben tan bien en tus manos. Sólo piensas en llevarte a la boca esos pezones rosados que se van poniendo duros al roce de tu lengua, en cómo se abren los labios, sin aire para poder gemir, cuando la penetras de esa forma. Disfrútalo. La semana que viene será cuando empiecen los verdaderos problemas.

Amor: Sabes que no es amor, tan sólo sexo.
Trabajo: Tu jefe se huele que la baja es simulada. Consigue un parte médico.
Dinero: Puede que creas que ella se merece eso y más, pero guarda algo para pagar a un abogado matrimonialista.

Crema

Por un lado, estás de suerte: te ha tocado la lotería. Por otro, no: has perdido el boleto. Lo malo es que no recuerdas el número, así que debes decidir si te fías o no de mi palabra. ¿Qué es peor, que te haya tocado un premio y haberlo perdido, o que no te haya tocado nunca? ¿Qué es mejor, haber amado y sentir dolor, o no haber amado? Está en tus manos: créeme y sufre, ignórame y cae en la monotonía.

Amor: Tendrás una semana de cierta tensión, que puede afectar a tus relaciones
Trabajo: Piensa en la increíble historia que podrás contar en la oficina.
Dinero: Podrías estar mucho mejor. Aunque siempre puedes decidir no creerme.

Malva

¿Recuerdas el sobre cerrado que te ha dado el médico? Si lo abres —no sé por qué no lo has abierto todavía— podrás leer que es terminal: tienes metástasis hasta en las ingles. Lo siento, chico, estas cosas pasan. Llevo diez años advirtiéndote sobre tus hábitos de mierda, así que no me llores. Ahora te esperan las sesiones de quimioterapia, los hospitales, las noches en vela. De todas formas, no todo van a ser malas noticias: ha afectado al cerebro así que no te enterarás del final.

Amor: Tu viuda no lo pasará tan mal como piensas.
Trabajo: Esta semana lo llevarás un poco peor que de costumbre.
Dinero: Gástalo mientras puedas.

Recuerden, ustedes también pueden probar en sus casas.

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Se terminó el curso

alvaro on Nov 12th 2008

Ya han pasado unos días desde que terminé el curso de escritores.org, “Con un cuento no basta”. Empecé aquí, terminé aquí, y me ha tenido entretenido una temporada.

El curso me ha dejado un sabor agridulce. Por un lado los comentarios del profesor me han parecido muy interesantes. Por otro lado, hay algunos detalles que han hecho que fuera difícil sacarle todo el partido posible.

Una de las principales pegas ha sido que el sistema de foros que se utiliza para los cursos no notifica de las nuevas entradas que hacen los compañeros. En los cursos que hice en la escuela de escritores funcionábamos mediante una lista de correo, con lo cual en cuanto uno de los alumnos, o el profesor, escribían algo, nos llegaba de forma inmediata a nuestro correo personal. Esto puede parecer una tontería pero dinamizaba mucho la conversación. En este curso me he forzado a pasar un par de veces al día por los foros para ver si había algo nuevo, pero resulta bastante pesado; además esa determinación se ha ido minando poco a poco hasta  acabar pasando una vez cada dos días, o incluso cada semana. El resultado final ha sido un foro que estaba medio muerto.

También me he sentido muy sólo mientras hacía el curso. Me refiero a dos cosas: el profesor, simplemente, no estaba. No envió ningún mensaje al principio del curso, no leía los foros (o si los leía no se notaba para nada) y sólo intervenía enviando las correcciones. Los compañeros tampoco se hacían notar demasiado: eran pocos (sólo han enviado trabajos tres personas, y sólo he terminado el curso yo) y las intervenciones en el foro han sido mínimas (hay una compañera que sólo envió un mensaje). La riqueza de estos cursos está en los compañeros, en el diálogo que se genera y en las cosas que compartes. Por ese lado, el curso ha sido muy flojo.

En cuanto al contenido del curso en sí. La principal dificultad es que hay que pensar un libro de relatos desde el principio. Aunque sólo debe abarcar tres relatos a mi me resultó bastante difícil tener una idea general de qué quieres escribir, así, en frío. Te vienen a decir: “piensa un tema sobre el que puedas escribir tres relatos”. Es tremendamente complicado: cuando te sientas a escribir a veces es muy difícil saber por dónde van a ir los tiros, de modo que pensar por dónde van a ir las balas perdidas de tres relatos es casi imposible. Lo que pasó en mi caso fue que erré el tiro. Una vez decidido el tema, una vez tienes un motivo central sobre el que quieres escribir, no hay escapatoria: entregas el primer relato y luego no hay forma de volver atrás y decidir que no, que no era eso, que vuelves a empezar el curso.

Creo que este curso podría tratarse mucho mejor integrándolo en un curso más largo. Por ejemplo, en los que hice en los años anteriores, pasábamos todo el año escribiendo relatos de forma independiente tratando diversos aspectos de la escritura (personajes, espacio, voz, etc.) Cuando terminábamos nos habíamos hecho con un puñado de relatos propios. Con ese material no costaría demasiado invertir algunas semanas en “integrarlos”, es decir: modificarlos y seleccionarlos usando algunas técnicas como las que hemos visto en este curso para darles coherencia. Obviamente no se conseguiría un resultado demasiado bueno ya que cada relato habría sido pensado de forma independiente, pero la idea de un curso es trabajar técnicas, no conseguir buenos resultados.

En resumen, y para finalizar este ladrillo de post: me ha servido, he aprendido, he descubierto fallos y cosas a mejorar. Para ser un curso de seis semanas lo doy por bien aprovechado, pero no sé si realmente me ayudará a escribir un libro de relatos que al fin y al cabo es lo que yo andaba buscando.

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Inspiración, expiración

alvaro on Nov 8th 2008

Hace unos días asistí por primera vez a la presentación de un libro. El acto me inspiró este cuentecillo, que escribí en dos tardes a vuelapluma. Para mi desgracia, está basado en hechos reales.

Salón de actos

La sección cultural es divertida la mayor parte del tiempo: exposiciones, cócteles, recitales: todo gratis, te tratan bien y te pagan por ello. Pero también están las asociaciones de las viejas, y hoy, tocaba viejas. Las reuniones suelen ser pronto (a las diez tienen que tomarse las pastillas) y se celebran en locales rancios donde sólo entran ellas y el polvo. Así pues, eran las siete de la tarde en el casino de la Real Sociedad de la Canasta cuando me recibió un conserje a punto de jubilarse, vestido con un chaleco de botones dorados. Me dijo que en la cuarta. Había unas diez viejas haciendo turno frente a un ascensor minúsculo así que preferí subir por las escaleras de mármol. Demasiado anchas. Demasiado oscuras.

En el primer piso, una sala de bridge. Cincuenta viejas jugando en grupos de cuatro.

En el segundo piso, un viejo tras una mesa de madera barroca, frente a los pasillos que conducían a los despachos de la institución. Los imaginé de techos altos, con sillones de cuero.

Nada en el rellano del tercero. Puertas cerradas. Altas, con cristales traslúcidos.

En el cuarto piso volvían a agolparse las viejas a las puertas del salón de actos. “La vida en el barrio de curtidores”: nuevo libro de Amparo Latorre y Marina, primer —y esperemos que último— libro de Amparo Latorre y Marina. Para los periodistas hay reservada una fila que mira al escenario desde uno de los laterales, y me descubro sola, mirando un salón de actos lleno de viejas que esperan sumisas mirando al estrado. En el estrado, tres viejas y una mujer mayor. Conjeturo que Amparo, la hermana de Amparo, la hija de Amparo, la presidenta. Las presentaciones lo confirman.

No recuerdo quien empezó a hablar primero; no tomé una sola nota. Sólo recuerdo que había dormido poco y me fui acurrucando en la butaca, dejando mi cabeza vagar, acunada por el tono de voz monótono de las viejas del estrado, quienes leían por turno las cuartillas que traían preparadas. Tampoco recuerdo qué fue lo que me hizo fijarme y prestar atención; quizá el olor a medicamentos y naftalina que iba cobrando cuerpo en la sala conforme pasaban los minutos. Solo sé que, mientras recorría las filas de viejas con la mirada, descubrí que una de ellas tenía la cabeza ladeada, los ojos cerrados, y estaba exageradamente pálida. Sus manos reposaban apacibles en el regazo, sujetando el bolso. Las viejas que habían a su lado la ignoraban, y seguían mirando al estrado donde hablaba ahora Amparo, la hija de Amparo, la presidenta.

De lo que menos ganas tenía era de montar un escándalo. La vieja podría estar dormida. Para llegar hasta ella tendría que levantarme de mi butaca —todos me verían— cruzar hasta el centro del salón de actos, y hacer levantarse a todas las viejas que habían en la fila antes que ella. La presentación, sin duda alguna, se vería interrumpida: durante unos momentos si la vieja estaba dormida; definitivamente si, como me temía, estaba muerta.

Me dolía la cabeza de la resaca. Decidí masticar una aspirina y seguir esperando.

Mi vista seguía paseando errática por las filas de butacas. De vez en cuando volvía a mirar a la vieja, que seguía en la misma situación. Yo estaba bastante tranquila —estas cosas es mejor tratarlas discretamente— así que no fue hasta que descubrí a otras dos viejas muertas cuando empecé a asustarme. La primera de ellas estaba en la tercera fila, hacia el lateral, en el lado opuesto del salón de actos. Tenía la cabeza totalmente caída hacia delante, la barbilla apoyada en el pecho, y estaba pálida. La segunda estaba en la penúltima fila y me recorrió un escalofrío cuando la vi. Se había desplomado y su cabeza descansaba en el respaldo de la butaca de delante. Sus brazos colgaban flácidos a los lados del cuerpo. El bolso había caído al suelo, y su contenido estaba desparramado en el pasillo. La vieja que estaba sentada junto a ella seguía impasible mirando al estrado.

A partir de ese momento, cada vez que me fijaba un poco descubría a otra vieja muerta. Unas se habían escurrido en el asiento, otras habían caído sobre sus vecinas que seguían impasibles escuchando la voz monótona y parca de la presidenta. Desde el estrado debía estar viéndose un espectáculo horrible. Debían haber visto a las viejas morir poco a poco, cayendo en sus asientos como frutas podridas. Sin embargo ignoraban la situación y seguían pasándose cuartillas, repitiendo frases hechas y lugares comunes. Estaba a punto de levantarme, gritar e interrumpir la presentación cuando me dí cuenta de que en el estrado—no sé si Amparo, si la hermana de Amparo, la presidenta—, una de ellas tenía los ojos cerrados, las manos apoyadas en la mesa y la cabeza caída hacia un lado. Y estaba pálida. Cada vez más pálida.

A la mierda.

Cogí mi bolso y busqué con la vista la salida más cercana. Por desgracia, sólo pude encontrar las dos puertas del fondo del salón de actos y para llegar a ellas tendría que atravesar toda la sala, bien por el pasillo central —rodeado de viejas— bien por uno de los pasillos laterales, que eran estrechos y me obligarían a pasar rozando a las viejas muertas, pisando sus bolsos. Mientras decidía qué hacer, me fijé de nuevo en la primera vieja muerta. Me extrañé: no tenía la cabeza ladeada. Estaba erguida, pálida pero erguida. Pensé que me había confundido de vieja, pero no, el bolso de ribetes dorados era su bolso. No sabía qué pensar. Pero la vieja miró en mi dirección y sus ojos, Dios mío, tenía los ojos cuajados de sangre. Levantó una mano escuálida. Me señaló. Yo estaba paralizada de terror, pero la vieja abrió los labios en una mueca que era una mezcla de sonrisa y gemido, y un hilo de sangre surgió de la comisura de su boca y se escurrió hacia la barbilla. No pude controlarme. Corrí por el pasillo lateral, pisando bolsos, arrancándome los brazos de viejas que intentaban agarrar mis piernas, hasta que conseguí salir del salón de actos y cerrar la puerta con violencia.

Fuera, una bombilla intentaba sin mucho éxito iluminar el rellano. Vi una banqueta de madera y atranqué la puerta con ella. Me apoyé, empujé, no podía dejar de hacer fuerza contra la puerta del salón de actos. Al poco, empezaron a sucederse golpes secos desde el interior. Imaginé a las viejas dejándose caer contra la puerta. Cada vez los golpes eran más fuertes y más continuos. Cuando me dí cuenta de que no podría resistir mucho más, dí un último empujón al banco y me lancé a correr escaleras abajo.

Tercer piso. Las puertas de madera están abiertas. Detrás de ellas hay habitaciones oscuras y en el suelo se ven cristales rotos.

En el segundo piso no hay nadie en la mesa. Tras ella, entre sus patas, puede verse una silla volcada.

Primer piso, la sala de bridge. Dios, la sala de bridge. Las viejas están de pie, pálidas, algunas con la ropa rasgada. Al pasar frente a ellas corriendo, me miran y empiezan a moverse en mi dirección.

Al final de la escalera el recibidor, los batientes enormes de madera antigua, tras ellos la ciudad y la noche. Pero delante de la puerta está el conserje. Tiene los ojos cerrados, los brazos caídos a los lados del cuerpo, un hilo de sangre cae goteando desde su boca. Se balancea. Está frente a la puerta y se balancea. De pronto abre los ojos, me mira, y entiendo que no me atreveré jamás a cruzar a su lado.

Al otro lado del recibidor quedan dos puertas. Una da al comedor, y decido que está demasiado oscuro. La otra da a la cocina. Dentro se ve una luz débil que viene desde alguna parte y corro hacia ella, entro en la cocina, pero la cocina sólo es un pasillo estrecho entre dos hileras de fogones. Los fogones están todos encendidos: es la luz que he visto desde fuera y que ahora se ve azul, podrida. Frente a mi, cerrando el paso, hay una cocinera vieja y arrugada con la piel del color del pergamino y el uniforme manchado de sangre. Me doy la vuelta, pero desde la puerta de la cocina me mira el conserje. Se balancea. Se balancea.

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Comentarios a la tercera entrega

alvaro on Nov 1st 2008

El profe ha sido muy rápido, los comentarios han llegado casi de un día para otro. Además creo que me van a ser de mucha utilidad, porque me ha dado una idea de por dónde están fallando los relatos. Creo que me hace falta aligerar un poco el lenguaje (últimamente me estaba quedando muy denso) y trabajar con él, familiarizarme, sentirme cómodo cuando escriba. Me parece que me hace falta mucho leer y mucho vocabulario, no por presumir con palabras raras sino para acertar con la que más encaja en un texto. Tendré que elaborar un plan; es algo que ya tenía en mente, y puede que esta sea la excusa para darle el empujón definitivo.

Lo de los tiempos verbales no me extraña que haya quedado raro: lo escribí en presente pero no me acababa de gustar el efecto, así que lo reescribí en pasado a última hora, de prisa y corriendo. Supongo que nada que no pueda arreglar un repaso adicional de las cosas antes de entregarlas…

Comentarios a la tercera entrega

ÁLVARO

Te felicito por la idea central de este cuento. La verdad es que me ha hecho mucha gracia, y al mismo tiempo me ha conmovido la motivación de la señora Engracia para dejar el edificio como los chorros del oro: el juicio de la posteridad. Muy bueno. Muy bueno también el “combate” entre las dos señoras. Pero algo falla. Le he dado vueltas un buen rato, tratando de identificar el palo en la rueda de este y tus otros cuentos, y creo haber dado con ello. Falla el lenguaje.

Me explico. Hay en tu lenguaje una búsqueda demasiado visible de la expresión llamativa, de llamar la atención por la forma en que dices las cosas, y esto, en bastantes ocasiones, te lleva a cometer errores, a complicar la narración, a usar giros que flotan precariamente en los bordes de la corrección y que, en definitiva, entorpecen tu obra. Ejemplos: Veo una gran confusión en el uso de los tiempos verbales, que está en todo el texto pero se podría sintetizar en esta frase: “Cuando la vieja termina de bajar el escalón y alzó la vista…”.  Fuerzas el lenguaje y usas expresiones un poco raras, que llenan el texto de pequeñas distorsiones que acaban formando un gran ruido: “ladrillos ajados” (desgastados), “finca” (en la mayoría de los sitios una finca es una hacienda o casa de campo), “pasar la última fregada” (¿las fregadas se pasan?), “buscar el autobús por las calles”, “mocho” (fregona), “compra de buena mañana” (hace la compra temprano), “las pinturas corridas” (el maquillaje corrido), “no hizo ademán de moverse” (no se movió). A Engracia empiezas llamándola señora y luego le quitas ese tratamiento. Ojo también con el lenguaje vulgar de las protagonistas, que no sé hasta que punto es necesario. A Abulia le puede llamar vieja otro personaje, pero quizás no el narrador (anciana). “Pasaron dos minutos, tres”; ¿te das cuenta de lo que duran tres minutos en silencio?.  En fin, lo que quiero decirte es que tu idea es, de verdad, muy buena. Es la idea de un gran escritor, alguien capaz de elevar lo ordinario a la categoría de símbolo. Y tienes que hacer todo lo posible para que el lenguaje esté a la altura.

Álvaro. Has creado un mundo propio (eso ya es un logro enorme), el de ese edificio en el que viven un detective, una prostituta, una señora de la limpieza a punto de retirarse preocupada por el juicio de la posteridad y por el trabajo bien hecho. Eso hay que aprovecharlo. No te desanimes. El trabajo del escritor nace de la incertidumbre y en buena parte de la ignorancia. Lo que no sabemos nos mueve a buscar, a indagar, a escribir. Pero escribir requiere también trabajo y aprendizaje. Trabaja el lenguaje (Nathaniel Hawthorne, el autor de La letra escarlata, paso ocho años encerrado en su casa de Nueva Inglaterra, practicando, aprendiendo a escribir). Sigue trabajando (no hace falta que hagas lo de Hawthorne, claro). Creo que en estos tres cuentos está el germen de un libro, un libro poliédrico, con historias protagonizadas por los distintos vecinos, cuyas vidas corren en paralelo y, a veces, se cruzan. En otras palabra. Tienes el edificio narrativo. Ahora hay que llenarlo.

Sigue escribiendo. Ánimo y enhorabuena.

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Tercera entrega del curso

alvaro on Oct 31st 2008

Bueno, aquí está la última entrega, y con ella finiquito el curso. No sé todavía si me ha servido de mucho, pero al menos me he dado cuenta de que, si quiero escribir un libro de relatos, tengo que tener claro el tono, el eje central, y a partir de ahí ir construyendo. También me he dado cuenta de que tendré que tirar más de un relato porque al terminarlo no encajará en el conjunto: gajes del oficio.

En fin, aquí lo tenéis; veremos que me cuenta el profe:

Cruzar el rellano

A la señora Engracia le gusta que la escalera quede limpia. Todo lo limpia que se pueda, desde luego, pues la finca es bien vieja: las paredes del patio están llenas de desconchones, los ladrillos del suelo ajados y faltos de color. Aun así, piensa que se la juzgará por lo limpio que quede el suelo cuando se vaya. Por eso, y por los años, tiene bien pensado el momento en el que pasará la última fregada, dejando el tiempo justo para rematar el portal, cambiarse en el cuarto de las escobas y salir a buscar el autobús por las callejuelas. La hora exacta es la una menos diez. Así que hoy, a la una menos diez, después de cerrar la puerta de la terraza de la finca, ha pasado el mocho por los cuatro escalones que llevan a ella y acaba de terminar el descansillo del tercer piso. Apenas había empezado con el escalón del siguiente tramo cuando oyó correr los cerrojos de la puerta del segundo, despacio, porque la señora Abulia es bien mayor y tiene las manos como garras por la artritis.

La vieja compra de buena mañana, antes de que ella llegue, por lo que se sorprendió de verla a esas horas. El rellano todavía estaba cubierto de charcos, y la vieja iba a salir de allí para cualquier cosa y pisarlo todo. Engracia, sin pensarlo, cruzó el mocho delante de la puerta antes de que la abriese del todo. La vieja asomó un poco la cabeza por la puerta entreabierta. Preguntó, sin atreverse a salir del todo:

—¿No se puede pasar?
—Que esta fregao, señá Abulia. Ande va a estas horas.
—Ay, Engracia. Tengo que bajar al ultramarinos a por unos huevos.

La vieja hizo un ademán de apartar el mocho y pisar el rellano. Lo malo no sería que lo pisase ahora —Engracia lo solucionaría con dos o tres pasadas del mocho—. Lo malo es que la vieja va bien lenta, y volvería del ultramarinos justo cuando la escalera estuviese terminada. Tendría que subir, los dos pisos, y dejar las huellas de sus zapatillas de andar por casa en cada uno de los escalones de la finca. Si llevara un poco de tierra, que llevará, porque tiene que cruzar la esquina de la obra, las huellas se quedarán marcadas, y permanecerán visibles cada uno los días de la semana próxima, dejando a Engracia en evidencia. Eso, no puede ser.

—Pa cuando lo quiere.
—Hoy quiero hacerme una tortilla para comer, con unos pimientos que me dio anoche al llegar la Vanesa.
—Pos yo se lo subo, que me voy a y media. Así no se tie que subir los dos pisos

La vieja se lo piensa un poco. Se sujeta del marco de la puerta, la entrecierra, pero no deja de mirar a Engracia.

—A y media los necesito, que no se te olvide bonica.
—Que sí, señá Abulia.

La vieja cerró la puerta; Engracia respiró aliviada. Mojó el mocho dos o tres veces en el cubo de fregar y siguió fregando la escalera, hasta el piso de abajo.

En el primero vive la Mariana. Es puta: se lo dijo una mañana de las pocas que se cruzaron. Volvía con las pinturas corridas y oliendo a cerveza: “—Usted debe ser la Mariana, que no nos vemos nunca. —Es lo que tiene, trabajo por la noche, bonita, en el Cottóns”. En el Cottóns trabajan las putas, así que Mariana pasa la mañana durmiendo y Engracia no tiene que preocuparse por si sale o no sale o pisa la escalera. Eso andaba pensando la señora Engracia cuando le pareció oír un sonido metálico en el silencio de la escalera. Dejó de fregar, levantó la cabeza y esperó. Volvió a oírse de nuevo. Al poco, sonó el chasquido metálico de un pestillo y el ruido sordo que hace la madera de una puerta al cerrarse despacio. Seguro que era la vieja. Engracia subió hasta el descansillo y vio como la vieja, agarrada con fuerza a la barandilla, va bajando despacio un escalón sin dejar de mirarse los pies.

Cuando la vieja termina de bajar el escalón y alzó la vista, se encontró a Engracia en el rellano de abajo.

—Señá Abulia.

La vieja se quedó quieta, como un animal asustado.

—Ande, que se lo subo a y media.

La vieja cambió la bolsa de mano. Se dio la vuelta en el escalón, despacio, agarró la barandilla y empezó a subir despacio los escalones. Los huesos de la columna se le marcaban en la parte de atrás del vestido. Cada par de escalones giraba la cabeza para mirar con recelo a Engracia, que la seguía un poco más abajo, borrando las huellas de ambas con el mocho. Llegaron al descansillo; la vieja rebuscó en la bolsa y sacó un manojo de llaves, que fue probando de una en una en la cerradura de la puerta hasta que una de ellas entró y logró girar. Antes de cerrar la puerta de nuevo, le recordó a Engracia:

—A y media, bonica
—Que sí, señá Abulia. A y media lo tiene.

Engracia dio un repaso rápido al tramo de escaleras ya fregado. Bajó a la calle, esparció el cubo en la acera, lo volvió a llenar en el cuarto de las escobas. Remató el tramo del primer piso hasta el entresuelo. Fregó los dos tramos que llevan hasta el patio, volvió a esparcir el cubo en la acera, y al fin se metió en el cuarto de las escobas a cambiarse. Pero apenas se ha quitado la bata cuando oyó el sonido de un escalón roto que hay en el último tramo.

Engracia cogió de nuevo el mocho y se asomó al patio. Unos cuantos escalones más arriba estaba la vieja, mirándola. Permaneció quieta. Tenía los dos pies juntos, la bolsa de la compra en la mano derecha; si hubiera tenido fuerzas, habría saltado a la calle para salir corriendo.

—Señá Abulia.

La vieja no hizo ademán de moverse.

—Señá Abulia, está fregao.

Engracia se plantó delante de la vieja, con el mocho en las manos. La vieja no se movió. Pasaron dos minutos, tres. Al fin, la vieja se dio la vuelta y empezó a subir los escalones.

El trayecto hasta el último piso fue lento. Les llevó más de diez minutos. Engracia seguía a la vieja a distancia, desde un rellano más abajo. Cuando veía que la vieja iba más despacio subía unos peldaños, se acercaba a ella y fregaba los escalones que las separaban. Poco a poco la vieja iba subiendo, llegó al segundo piso, buscó las llaves. Antes de cerrar la puerta la vieja, agotada, preguntó de nuevo.

—Bonica, —le temblaban las manos al hablar,— ¿me lo traes a y media?
—Señá Abulia. —Engracia subió los últimos escalones, cogió el mocho con las dos manos y se apoyó en él. Era mucho más alta y le hablaba a la vieja desde arriba:— Señá Abulia: ya no va a poder ser.

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