Literatúngara

alvaro on Ago 20th 2008

Me viene bien tener plazos, restricciones y alguna idea a la hora de escribir algo. Una amiga me hizo saber de una iniciativa, Literatúngara, que me puede proporcionar todo eso gratis y además con la posibilidad de conocer gente interesada en la escritura.

Para estrenarme en Literatúngara he escrito un pequeño texto, que apenas cumple los requisitos de la entrega pero que viene muy bien para ir desengrasando. Hay otro a medias, que surgió del reto nº 2, pero que se quedó en el tintero por falta de tiempo. Pronto lo tendréis por aquí.

Vida salvaje

De tal palo, tal astilla
anónimo


En vez de soplar por la cerbatana, aspiró, lo que hizo que el pequeño dardo se deslizase a contrapelo a lo largo de los treinta centímetros de caña hueca y se clavase en el fondo de su garganta. El curare hizo efecto con rapidez. Los indios ni siquiera llegaron a echarlo de menos, apenas constataron su falta durante una noche, dos noches. A la semana sus restos occidentales de ropa fueron repartidos por el más anciano y por tanto más justo de todos los Cubambé, quien ya sabía que Pelo-quemado no duraría mucho: quizá hasta pasadas las lluvias. Sólo le hizo falta verlo la primera noche: desnudo, pálido, sonriendo y haciendo gestos extraños intentando, eso lo supo luego, explicar que quería cazar con cerbatana, pero poniendo las manos así era imposible coger una cerbatana. «Nunca fue demasiado bueno, pero era constante. Siempre falta gente en los ensayos y nos venía bien tenerlo allí, él siempre estaba, acababa aprendiéndose todos los papeles y cuando algún actor no llegaba poníamos al Panocha». No interpretó más que el papel del Doctor Plum, dos frases, no encontraron a nadie más a quien le quedase bien la bata. «Yo creo que le gustaba estar sólo en el laboratorio. Le mandabas algo y el asentía ausente y se marchaba, lo iba haciendo a su ritmo pero siempre lo hacía. Pensábamos que estaba bien, que en el fondo disfrutaba estando allí tan sólo», hasta que decidió lo de los Cubambé, «quién se lo hubiese imaginado, después de tantos años y con lo que nos costó pagarle la carrera». A sus compañeros no les extrañó tanto. «Si no era taichí era kunfú, yo es que no distingo. Lo veíamos al amanecer en el césped, a contraluz, haciendo esos gestos tan suaves y lentos, mientras apurábamos el cigarrillo y el primer café asomados a la puerta de los laboratorios». Dos horas al amanecer y al caer la noche; «yo creo que aguantó hasta el fin de la tesis porque pensaba que igual le dejábamos quedarse por aquí hasta quién sabe cuando», «madre, esto no es vida», y a la semana ya tenía el billete para Manaos. Quince días de preaviso y preparativos, libros de costumbres, mitos y leyendas, buscar un guía. «A veces entraba a su laboratorio y estaba en pelota, o con taparrabos, a mi se me hacía raro y eso que ya le conocía del colegio». Compañeros de pupitre por orden alfabético más que por gusto. «Siempre estaba con la mente perdida, mirando a una esquina de la clase, sabe usted, de las de arriba, cerca del techo. Sólo apartaba de allí la vista cuando le golpeaba en la mejilla izquierda una de esas bolas de papel, humedecida con saliva, sabe usted, de esas que le lanzaban los compañeros a través de los tubos vacíos de los bolígrafos».

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