Uno de viajes

alvaro on Nov 25th 2008

Otro rato dedicado a escribir. Esta vez no estoy muy contento con el resultado, el texto necesitaría más de un repaso para sacar de él  algo decente. Pero al fin y al cabo he dedicado unos minutos a la escritura que es lo que buscaba.

1038.- Escribe un relato sobre un viaje, interno o externo, en primera persona y tiempo futuro

Safari

El viaje empieza, por ejemplo, en el autobús que me devuelve a casa. Comienza a través de cualquier acto o imagen casual: una señora con el pelo demasiado rubio, una tos seca y persistente que se escucha desde los asientos del fondo, una puerta que no se abre en la parada y que provoca un estallido de gritos indignados que se van alejando. En cualquier descuido, una historia pasa fugaz frente a mis ojos; se para un segundo y, sintiéndose descubierta, se oculta en la maraña de abrigos como un animal salvaje. Imposible atraparla porque llega mi parada y está acurrucada al fondo, detrás de los faldones de un gabán. Imposible tambíen dejarla pasar, olvidar su piel de armiño y el aroma de almizcle que deja a su paso, así que al llegar a casa preparo el equipaje para el safari. No son folios y pluma, como harían otros para atrapar una historia: a mi no me serviría de nada. Sé que la historia, mi historia, se oculta entre los transeúntes disimulándose entre los pliegues de su ropa, no entre las páginas amarillentas de los libros. Es por esto que preparo: un par de mudas de ropa interior, pantalones y camisas de repuesto, una pequeña bolsa de aseo. Cargo con la maleta a hasta la estación. La historia es demasiado lista y sé que ya no se oculta en mi ciudad, ha huido lejos, no sé muy bien cómo consigo acertar siempre su destino pero al cabo de unas horas me bajo allí, en un anden en sombras, junto a una calle donde sobrevive una pensión barata en la que me acuesto sin desvestirme.

Al día siguiente paseo sin rumbo.

Hay otras historias, otros actos, imágenes que saltan a mi paso pero no son la historia. El cinturón de un abrigo: es demasiado largo, y la hebilla va golpeando la pierna a cada paso. El muñón de un mendigo tapado con una manta vieja: veo la historia arrebujándose por el interior del camal. Veo sueters descosidos, guantes que tienen un agujero por el que se asoma una uña mal cortada, faldas largas que arrastran por el suelo y dejan ver la punta de zapatos rojos. Veo historias, las veo esconderse entre las piernas de los transeúntes, las veo correr a esconderse tras la primera esquina, pero no son mi historia y camino sin rumbo.

Más tarde, mientras tomo café tras la vidriera de una calle del centro, la veo pasar. Intenta cruzar desapercibida, enrollada entre los flecos de una bufanda morada de mujer. Salgo tras ella sin pagar. La historia se ciñe más al cuerpo, intenta esconderse tras el doblez del cuello de la camisa, pero la veo, la veo, ella y yo sabemos que no escapará. La voy siguiendo por calles peatonales y ya distingo el comienzo de su cola que nace bajo un edredón sucio en un barrio obrero. Me siento tras ella en un autobús urbano, la huelo, huele a colonia barata y puchero de ajo. Casi rozo con la nariz sus bigotes asustados, su pelo manchado de laca y tintes socoridos. Resisto la tentación de tomarla con suavidad entre mis manos, de sujetarla con firmeza cuando se intente soltar como un animal atrapado. Resisto, bajo tras ella en una calle mal iluminada, aguanto mis nervios hasta que intenta ocultarse en un patio oscuro, roñoso, como una madriguera.

Cuando entro tras ella voy dándole vueltas a la navaja de afeitar que llevo en el bolsillo. Siempre guardo un trozo de piel de mis historias entre las páginas de un viejo diario.

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