Archive for Octubre, 2008

Tercera entrega del curso

alvaro on Oct 31st 2008

Bueno, aquí está la última entrega, y con ella finiquito el curso. No sé todavía si me ha servido de mucho, pero al menos me he dado cuenta de que, si quiero escribir un libro de relatos, tengo que tener claro el tono, el eje central, y a partir de ahí ir construyendo. También me he dado cuenta de que tendré que tirar más de un relato porque al terminarlo no encajará en el conjunto: gajes del oficio.

En fin, aquí lo tenéis; veremos que me cuenta el profe:

Cruzar el rellano

A la señora Engracia le gusta que la escalera quede limpia. Todo lo limpia que se pueda, desde luego, pues la finca es bien vieja: las paredes del patio están llenas de desconchones, los ladrillos del suelo ajados y faltos de color. Aun así, piensa que se la juzgará por lo limpio que quede el suelo cuando se vaya. Por eso, y por los años, tiene bien pensado el momento en el que pasará la última fregada, dejando el tiempo justo para rematar el portal, cambiarse en el cuarto de las escobas y salir a buscar el autobús por las callejuelas. La hora exacta es la una menos diez. Así que hoy, a la una menos diez, después de cerrar la puerta de la terraza de la finca, ha pasado el mocho por los cuatro escalones que llevan a ella y acaba de terminar el descansillo del tercer piso. Apenas había empezado con el escalón del siguiente tramo cuando oyó correr los cerrojos de la puerta del segundo, despacio, porque la señora Abulia es bien mayor y tiene las manos como garras por la artritis.

La vieja compra de buena mañana, antes de que ella llegue, por lo que se sorprendió de verla a esas horas. El rellano todavía estaba cubierto de charcos, y la vieja iba a salir de allí para cualquier cosa y pisarlo todo. Engracia, sin pensarlo, cruzó el mocho delante de la puerta antes de que la abriese del todo. La vieja asomó un poco la cabeza por la puerta entreabierta. Preguntó, sin atreverse a salir del todo:

—¿No se puede pasar?
—Que esta fregao, señá Abulia. Ande va a estas horas.
—Ay, Engracia. Tengo que bajar al ultramarinos a por unos huevos.

La vieja hizo un ademán de apartar el mocho y pisar el rellano. Lo malo no sería que lo pisase ahora —Engracia lo solucionaría con dos o tres pasadas del mocho—. Lo malo es que la vieja va bien lenta, y volvería del ultramarinos justo cuando la escalera estuviese terminada. Tendría que subir, los dos pisos, y dejar las huellas de sus zapatillas de andar por casa en cada uno de los escalones de la finca. Si llevara un poco de tierra, que llevará, porque tiene que cruzar la esquina de la obra, las huellas se quedarán marcadas, y permanecerán visibles cada uno los días de la semana próxima, dejando a Engracia en evidencia. Eso, no puede ser.

—Pa cuando lo quiere.
—Hoy quiero hacerme una tortilla para comer, con unos pimientos que me dio anoche al llegar la Vanesa.
—Pos yo se lo subo, que me voy a y media. Así no se tie que subir los dos pisos

La vieja se lo piensa un poco. Se sujeta del marco de la puerta, la entrecierra, pero no deja de mirar a Engracia.

—A y media los necesito, que no se te olvide bonica.
—Que sí, señá Abulia.

La vieja cerró la puerta; Engracia respiró aliviada. Mojó el mocho dos o tres veces en el cubo de fregar y siguió fregando la escalera, hasta el piso de abajo.

En el primero vive la Mariana. Es puta: se lo dijo una mañana de las pocas que se cruzaron. Volvía con las pinturas corridas y oliendo a cerveza: “—Usted debe ser la Mariana, que no nos vemos nunca. —Es lo que tiene, trabajo por la noche, bonita, en el Cottóns”. En el Cottóns trabajan las putas, así que Mariana pasa la mañana durmiendo y Engracia no tiene que preocuparse por si sale o no sale o pisa la escalera. Eso andaba pensando la señora Engracia cuando le pareció oír un sonido metálico en el silencio de la escalera. Dejó de fregar, levantó la cabeza y esperó. Volvió a oírse de nuevo. Al poco, sonó el chasquido metálico de un pestillo y el ruido sordo que hace la madera de una puerta al cerrarse despacio. Seguro que era la vieja. Engracia subió hasta el descansillo y vio como la vieja, agarrada con fuerza a la barandilla, va bajando despacio un escalón sin dejar de mirarse los pies.

Cuando la vieja termina de bajar el escalón y alzó la vista, se encontró a Engracia en el rellano de abajo.

—Señá Abulia.

La vieja se quedó quieta, como un animal asustado.

—Ande, que se lo subo a y media.

La vieja cambió la bolsa de mano. Se dio la vuelta en el escalón, despacio, agarró la barandilla y empezó a subir despacio los escalones. Los huesos de la columna se le marcaban en la parte de atrás del vestido. Cada par de escalones giraba la cabeza para mirar con recelo a Engracia, que la seguía un poco más abajo, borrando las huellas de ambas con el mocho. Llegaron al descansillo; la vieja rebuscó en la bolsa y sacó un manojo de llaves, que fue probando de una en una en la cerradura de la puerta hasta que una de ellas entró y logró girar. Antes de cerrar la puerta de nuevo, le recordó a Engracia:

—A y media, bonica
—Que sí, señá Abulia. A y media lo tiene.

Engracia dio un repaso rápido al tramo de escaleras ya fregado. Bajó a la calle, esparció el cubo en la acera, lo volvió a llenar en el cuarto de las escobas. Remató el tramo del primer piso hasta el entresuelo. Fregó los dos tramos que llevan hasta el patio, volvió a esparcir el cubo en la acera, y al fin se metió en el cuarto de las escobas a cambiarse. Pero apenas se ha quitado la bata cuando oyó el sonido de un escalón roto que hay en el último tramo.

Engracia cogió de nuevo el mocho y se asomó al patio. Unos cuantos escalones más arriba estaba la vieja, mirándola. Permaneció quieta. Tenía los dos pies juntos, la bolsa de la compra en la mano derecha; si hubiera tenido fuerzas, habría saltado a la calle para salir corriendo.

—Señá Abulia.

La vieja no hizo ademán de moverse.

—Señá Abulia, está fregao.

Engracia se plantó delante de la vieja, con el mocho en las manos. La vieja no se movió. Pasaron dos minutos, tres. Al fin, la vieja se dio la vuelta y empezó a subir los escalones.

El trayecto hasta el último piso fue lento. Les llevó más de diez minutos. Engracia seguía a la vieja a distancia, desde un rellano más abajo. Cuando veía que la vieja iba más despacio subía unos peldaños, se acercaba a ella y fregaba los escalones que las separaban. Poco a poco la vieja iba subiendo, llegó al segundo piso, buscó las llaves. Antes de cerrar la puerta la vieja, agotada, preguntó de nuevo.

—Bonica, —le temblaban las manos al hablar,— ¿me lo traes a y media?
—Señá Abulia. —Engracia subió los últimos escalones, cogió el mocho con las dos manos y se apoyó en él. Era mucho más alta y le hablaba a la vieja desde arriba:— Señá Abulia: ya no va a poder ser.

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Comentarios a la segunda entrega

alvaro on Oct 28th 2008

Desde hace unos días ya tengo los comentarios a la segunda entrega. Siguen siendo acertados, y sigo sin encontrarme cómodo con la historia; mucho menos con el conjunto de relatos. Esa incomodidad me está parando a la hora de escribir, no sólo en lo referente a los ejercicios del curso, sino que incluso hace que se me quiten las ganas de ponerme a escribir cualquier cosa. Pero bueno, acabaré como sea e intentaré aprovechar el curso todo lo posible.

Os dejo aquí un enlace a la segunda entrega. A continuación, los comentarios que le ha hecho Rubén:

Comentarios a la segunda entrega

Álvaro

Empezaré mi comentario sobre tu segunda entrega con una reflexión general, para pasar luego a los detalles concretos.

La sensación general que comunica el cuento, al menos al mí, es de confusión, de tanteo, de búsqueda de una veta que te lleve a ese mineral precioso, esa historia brillante que está ahí, pero se te resiste. Con la entrega anterior comparte, al parecer, el personaje del detective y algunos detalles del entorno en que vive (el escalón suelto, la oficina mugrienta…), pero ahí se detienen los puntos en común. Cambia totalmente el estilo, la forma de ver el mundo. Esto no sería un problema si se tratara de cuentos independientes. Pero recuerda que lo que tratamos de conseguir aquí es el germen de un libro, la chispa inicial que os conduzca a una serie de relatos relacionados.

Repito que escribes muy bien, con mucha soltura, pero creo que te pones a ti mismo obstáculos innecesarios. Por ejemplo, ese punto de vista con el que arranca la historia, con ese “nosotros” y esa observación de los pies que, a la larga, es una traba más que una ayuda, puesto que no se puede mantener hasta el final. Quizás (insisto, tú eres el escritor, es tu cuento) sería mejor elegir un punto de vista más claro, más sólido. Lo mismo ocurre con los detalles. En mi anterior comentario alabé tu capacidad de observación y descripción, pero en esta ocasión creo que los detalles resultan un poco exagerados, hasta el punto de que parecen ser el tema central del cuento. Y cuidado con ellos, los detalles pueden ser buenos aliados para una buena historia, pero pueden ser también traicioneros, porque, como la mancha de la que hablas en tu cuento, si no son perfectos se nota enseguida. Ejemplos: “una mancha clara que sólo se distingue bien si la miras un poco de lado” (el adjetivo “clara” confunde, pues además de “desleída” significa también “fácil de percibir”, lo que contrasta con la explicación que das); al principio describes los pantalones de pana del detective como “mugrientos” y poco después calificas sus rayas como “elegantes”; la camisa humedecida sigue húmeda al día siguiente, lo cual llama un poco la atención; conduces al lector a un despacho, nos dices que el detective arroja la camisa sobre una silla del “salón”, y también que duerme en el “sofá”, todo lo cual crea un poco de confusión: ¿es un despacho con salón? ¿Una casa-despacho sin dormitorio?; después de una descripción milimétrica como esta: “(la alfombra) está cubierta por un patrón orgánico de manchas circulares que se superponen y cuyos bordes diluidos, al cruzarse unos con otros, hacen indistinguible su origen. Bajo el peso de los zapatos, las manchas palidecen un momento y luego se alimentan de la sombra húmeda de las huellas”, nos dices que el detective “extiende un hilo entre dos paredes de la habitación para colgarla con una pinza de cada hombro”: ¿Cómo sujeta el hilo a las paredes? En fin, le estoy buscando tres pies al gato, pero a lo que voy es que los detalles deben tener un sentido y deben ser coherentes, nunca gratuitos, si no queremos hacer peligrar la verosimilitud del cuento.

En cuanto al vocabulario. Vuelves a usar el verbo “deber” de forma inadecuada (debemos DE cruzar la alfombra); repites “mugriento” dos veces, así como “vainilla”; las camisas no tienen “aleros”; y en la combinación “parece una persona abatida arrodillada”, en mi opinión sobra un adjetivo. Ojo también con las pasivas, que no suelen sonar muy bien en los textos literarios. En vez de “un cubo de fregar que ha sido esparcido sobre la acera”, yo diría algo así como “un cubo de fregar que alguien ha vaciado en la acera”. Y trata de evitar las palabras innecesarias y artificiosas: “Si siguiésemos su rastro —cosa que haremos—” (seguimos su rastro…).

Otra cosa que, quizás, habría que revisar, es el título. Confieso que soy un obseso de los títulos. De hecho, tengo un libro de cuentos terminado desde hace meses, y todavía no he dado con el título, con esa combinación casi mágica de palabras que lo denomine y lo contenga. Y me da la sensación de que el título de tu cuento (Camisa) se te ha ocurrido un poco a la carrera.

Y concluyo. Es un placer leer tus cuentos, y por eso insisto en que debes trabajar más en los temas sobre los que escribes que, en este caso, tampoco queda muy claro (la mancha como metáfora del alma-corazón sucio del detective, intuyo). Mi consejo es que antes de mandar un escrito a una editorial o revista, te detengas a pensar: ¿de qué trata este cuento?. Si no eres capaz de dar una respuesta rápida y concisa, puede que el cuento no esté listo del todo.

Un saludo, mucho ánimo y hasta la próxima entrega.

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El profesor

alvaro on Oct 17th 2008

No lo he comentado hasta ahora, pero mi profesor en el curso es Ruben Abella. No sé mucho de él, tan sólo lo que cuenta en la página de profesores y que reproduzco aquí:

Me llamo Rubén Abella, y estoy aquí para apoyaros y acompañaros en el aprendizaje de la práctica de ese arte fascinante.

Mi currículo:
Master of Arts en Literatura Norteamericana por La Universidad de Adelaida, Australia; Cursos de postgrado (Literatura Norteamericana, Escritura Creativa, Literatura Hispanoamericana); Tulane University Nueva Orleans, Estados Unidos; Licenciado en Filología Inglesa Universidad de Valladolid. Ha impartido clases en la  Université Cheikh Anta Diop,  Taller de Escritura Creativa Dakar, Senegal y en la Universidad de Valladolid (clases de Crítica Literaria, Inglés, Traducción y Escritura Creativa). He publicado los siguientes títulos: El libro del amor esquivo (Novela)
Próxima aparición en Ediciones Destino; No habría sido igual sin la lluvia (Relatos)
XI Premio Mario Vargas Llosa NH de Relatos, 2007;  La sombra del escapista (Novela) XIV Premio de Narrativa “Torrente Ballester”, 2003; Fábulas del lagarto verde (Relatos y fotografías) Maqueta.

También he encontrado, rebuscando por internet, algún que otro enlace en la wikipedia y en la página de algún periódico. Con tan poca información no me puedo hacer una idea de cómo es ni de su estilo. Pero vamos, a mi lo que me interesa es que me haga buenos comentarios.

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Un ejercicio del nuevo libro que he comprado

alvaro on Oct 15th 2008

He comprado un libro con propuestas de ejerecicios de escritura. Mañana daré más detalles (el sol se está poniendo y quiero disfrutar de ello con una buena caipirinha); por ahora, tan sólo transcribo la propuesta y el ejercicio que ha salido como resultado.

49-Búsqueda mágica. Escribe una historia en la que el personaje busca algo importante, encuentra un obstáculo, y triunfa sobre él con la ayuda de algo mágico o sobrenatural.

Salchichas

Padre cena frankfult. Sólo cuando le apetece. Madre hace tortilla o fríe un huevo o hierve espinacas, y padre si quiere frankfult lo pide, lo coge con los dedos y de dos bocaos se lo zampa. Si no hay frankfult se enfada mucho, y grita, y una vez rompió un vaso: —Mi frankful, mi flankfult, vayamierda.

Hoy es que son ya tarde y madre se ha dado cuenta de que no hay frankfult. —Niño, anda, ves al carreful y trae un paquete— y me cojo la bici y voy y cruzo el descampado y se me llenan de barro los pantalones, y casi me paro a tirarle unas pedradas a los perros. Pero como es tarde no me paro y aparco en una farola de la puerta. Pero la persiana metálica está echada, qué de tarde que debe ser ya, y de donde saco yo ahora un paquete frankfult.

Le doy la vuelta al carreful. En la puerta de la calle de al lado la persiana está a mitad de subir, y aún se ve luz adentro. Me paro y me asomo un poco. Adentro la puerta corredera de cristal está cerrada, y se ven las cajas y veo los congelaos, y el pasillo de los quesos y el de los flankfults. Y entre la persiana y la puerta hay una ventana que da para dentro del supermercado, y veo una señora que me mira y que va con bata y lleva un mocho.

—Niño… —me iba a gritar, pero luego me ha hablado muy suave—, niño: está cerrado; es un poco tarde.
—Señora, que sólo quiero un flankfurt

Me hurgo los bolsillos y saco unas monedas y se la enseño, que lo llevo justo señora, anda paseme un frankfult.

La señora se deja el mocho al lado de la ventana y apoya los brazos en una repisa que hay por dentro, y se le quedan las tetas encima de los brazos.

—¿Sabes como podrías pasar? —me dice la señora y hago que no con la cabeza— Abriendo la puerta.
—Ay señora, pues no quisera yo abrir la puerta.
—Sólo hay que tener una varita mágica.

Ay, pues que me quedo sin flankfult, qué voy a tener una varita mágica. Que sólo tengo un puñao monedas y la llave de la bici.

—Claro que tienes una varita mágica —me dice la señora, y de pronto la puerta se abre como si hubiese cruzado alguien por delante; pero me quedo quieto donde estoy, hurgandome los bolsillos con los dedos, yo que voy a tener una varita ni que voy a tener nada. Pero la señora parece convencida y le brillan los ojos.

—Pasa, que yo te la enseño. —Y sale, me coge de la mano que está un poco húmeda como de fregar y se me lleva al cuarto. —Pasa —me dice—, luego tendrás tu frankfurt.

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Comentarios a la primera entrega

alvaro on Oct 15th 2008

La semana pasada, a los dos o tres días de haber entregado, llegaron los comentarios del primer trabajo. A mi entender son bastante acertados: dan las claves de por donde hace aguas el relato, y la verdad, coinciden bastante con mi propia opinión. He echado de menos un poco de detalle, alguna corrección más concreta de estilo, pero lo que me interesa es la corrección a nivel más general, de estructura.

Aquí esta la primera entrega por si queréis repasarla antes de leer los comentarios.

Comentarios a la primera entrega

Bienvenido al taller. Veo que te has decidido por un relato de género, y supongo que el libro que tienes en mente se moverá en este terreno. Bien, pues vamos por el comentario. Lo mejor del relato, en mi opinión, es la voz del detective, un poco de vuelta de todo, con toques un tanto cómicos, “torrentiles” casi, pero que no llegan a desequilibrar el relato. Tienes también una gran capacidad para fijarte en los detalles, “los divinos detalles”, como decía Nabokov, que son el alma de cualquier historia. El lenguaje es seguro, firme, y lo mantienes sin alteraciones desde el principio hasta el final de la historia, lo cual es muy bueno. Utilizas también con habilidad algunos de los elementos clásicos del género, como el detective venido a menos, el despacho inmundo, la mujer infiel y el rico cliente.

Hasta aquí todo bien. Sin embargo, con todas estas posibilidades, el relato no da al lector lo que promete. El inicio, como ocurre en, por ejemplo, El halcón maltés, de Dashiell Hammett, promete una historia más rica, más compleja, más misteriosa, pero que al final se solventa de una forma sencilla y, en mi opinión, algo sórdida. Todo relato tiene que tener un tema de fondo, debe tratar de algo, debe haber una idea que lo sustenta y que lo eleva hacia la categoría del símbolo. En este relato, sin embargo, narrado, repito, con gran habilidad, no hay mucho más allá de la grosera infidelidad de la mujer y la complicada situación en que al final queda el protagonista. Lo que me lleva a otra cuestión. No tengo nada en contra de los relatos eróticos o pornográficos, son, como el detectivesco, otro género literario, pero creo que en tu relato sobra el sexo explícito. ¿Para qué tanto detalle sexual? ¿Para qué mencionar la vulva de la mujer? Truman Capote escribió una novela sobre una prostituta (Desayuno en Tíffany’s) en la que no aparece ni una sola escena de cama, y esta sutileza resulta infinitamente más efectiva, literariamente, que la descripción explícita. No hay arma más potente que la sugerencia y la imaginación. En fin, es, por supuesto, sólo una opinión. Tu eres el dueño de tus relatos. Tú decides.

Y te señalo algunos detalles menores. Empleas tres veces el verbo deber (y se debió quedar pegada con algo) con sentido de probabilidad, sin la preposición de, lo cual es erróneo. Deber + de = probabilidad / deber + inf = obligación. Cuidado también con las afirmaciones que introduces en tus textos, aunque las diga un personaje. Decir, por ejemplo, que el “pescatero (por cierto, ¿por qué pescatero y no pescadero?) de la calle Valencia mete mano a su hija cuando la mujer está en la tienda” y que eso se puede solucionar “con un berrinche o un par de trompadas” es un poco arriesgado en los tiempos que corren. Como te digo, me han encantado los detalles, el escalón roto, las impresiones de los personajes, etc, pero me han llamado la atención un par de ellos. Por ejemplo, no entiendo muy bien cómo el detective puede hacer fotos del hotel desde la pensión con una Kodak Brownie, que no tiene zoom. También, los negativos, una vez revelados, se pasan a papel o se positivan, no se revelan.

En fin, un relato muy efectivo, bien narrado, equilibrado, pero al que, en mi opinión, podría faltarle un poco de “pegada”, un tema o idea que esté a la altura de tu estilo (muy bueno) y que vaya más allá de la anécdota. Has acertado de lleno en la forma, ahora hay que ir por el fondo, el alma del relato.

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