Primera entrega completa
alvaro on Sep 29th 2008
Al final he podido con ella. La adjunto aquí completa, con todas las modificaciones que he ido haciendo. A ver qué me cuenta el profesor.
Una barandilla de madera vieja
Un dedo gordo y grueso empujó con fuerza el pitorro de plástico negro que hay junto a la puerta. El sonido áspero del timbre llenó la sala de espera, rebosó por la puerta del despacho y me sobresaltó. En ese momento andaba hurgándome los bolsillos y palpando el forro de la chaqueta, buscando monedas de dos reales que amontonaba en un cajón desvencijado del escritorio que se inclinaba con el peso de mi pistola y la licencia caducada. Pensé que era la señora Engracia así que cuando abrí la puerta llevaba un puñado de monedas en la mano, los bolsillos por fuera y una mala excusa para las dos pesetas que me faltaban. El hombre disimuló una cara de asco.
—¿El señor Novoa —me preguntó sin sacar las manos de los bolsillos de un abrigo largo que olía a dinero. Lo hice pasar al despacho. Ates de sentarse se quitó el abrigo con cuidado; miró el perchero de madera con la pintura saltada y sucia, miró el sillón cubierto de papeles viejos, quemaduras de cigarro y manchas de café, y decidió conservarlo en el regazo.
—Mire, Novoa, vengo de parte del señor Piqueiro. No hará falta que le explique quién es el señor Piqueiro, ¿verdad? —desde luego que no hacía falta.— Me ha encargado que resuelva un asunto con discreción. Y para ser sinceros, a usted no lo conoce ni Dios.
Uno es consciente de sus limitaciones, eso está claro, pero de repente me apeteció apurar un vaso de chinchón que había en la mesa y que debía llevar allí un par de días. Lo empujé despacio con los dedos pero se había quedado pegado y no pude moverlo. Hice algo de fuerza, con disimulo y cuidado para que no se volcase sobre el escritorio, pero el vaso no se movió y tuve que renunciar. Se me quedó un sabor áspero en la boca.
—Es un lío de faldas. Nada complicado, ni siquiera para usted, señor Novoa. Mire la foto. No se la voy a dejar, así que haga el favor de mirarla bien.
Miré, y había una mujer en tonos sepia con un vestido corto, oscuro, de cuello Halter. Lucía un collar de perlas de varias vueltas, unos zapatos de charol y la mano del señor Piqueiro en la cintura. Se la veía demasiado joven y demasiado lista.
—Dice que sale a jugar a las cartas con las amigas un par de días a la semana. La sigue, me hace unas fotos de lo que haya y me las trae. ¿Le parece quinientas pesetas y los gastos?
Me parecía, así que le acompañé hasta la puerta. Esperé en el umbral hasta que escuché pisar el ladrillo roto del primer rellano y oí el golpe sordo del portazo del patio. En la escalera se oía frotar un trapo contra la barandilla de madera vieja: la señora Engracia debía estar haciendo el tercero, así que me refugié en el despacho y ya no volví a abrir la puerta el resto de la tarde.
***
Me pagaban quinientas. Lo hubiese hecho por cien, pero el caso no valía más de veinticinco.
El martes por la tarde la mujer de la foto —que a esas alturas ya era para mi la señorita Laura —tomó un taxi frente a la puerta del señor Piqueiro. Paró frente al hotel Astoria y entró sin el menor disimulo. En el bar del hotel le esperaba un hombre joven, con un suéter blanco de pico que no tardó ni cinco minutos en ponerle una mano en el muslo, sobre el vestido estampado de flores. Dejaron las copas a medias y subieron a alguna habitación de la tercera planta.
El botones y dos duros me permitieron averiguar que la habitación era siempre la 317 y que daba a este lado de la calle.
Completé la tarde con un pincho de tortilla y un buen entrecot que me sirvieron en el primer restaurante que encontré cerca del hotel. Gastos pagados. Hacía más de tres meses que no me comía un entrecot.
***
En la acera de enfrente del Astoria hay un hostal que dice tener dos estrellas y al que le sobra más de una, pero ocupa todo el cuarto piso y dispone de habitaciones con ventana a la calle.Me recibió un portero al que una hemiplejia le había dejado la mirada torcida, una pierna zamba y un brazo sin fuerzas; nos costó más de diez minutos subir desde la planta baja. El pobre hombre se agarraba con la mano buena a la barandilla, inclinaba el cuerpo y, de un giro brusco, la pierna muerta subía un escalón. El brazo flácido se balanceaba dos o tres veces hasta que quedaba por fin arrimado al cuerpo. El portero hacía fuerza de nuevo, levantaba la otra pierna y la apoyaba en el escalón de arriba, con un taconazo que resonaba en los escalones de madera hueca. Así subimos, peldaño tras peldaño, con el único consuelo de verle andar con un cojeo breve en cada rellano. A mitad de camino estuve a punto de perder la paciencia, que pude contener a duras penas con la ayuda de un cigarrillo negro. Como recompensa, pude recorrer las habitaciones a mi gusto y elegir la que tenía mejor vista de la tercera planta del Astoria.
No tuve que preguntarme mucho tiempo cual sería la 317. Laura entró primero en la habitación y arrojó el pequeño bolso rojo sin cuidado. Puso las rodillas sobre la cama, se subió la falda y levantó el culo con las piernas bien apretadas. Cuando el joven del jersey de pico entró en la habitación sólo tuvo que bajarse la cremallera de la bragueta y agarrarla bien de las caderas. Le estuvo dando un buen rato y se veía que a la pequeña Laura le gustaba.
Aprovecharon bien la tarde: lo hicieron en la cama, en la moqueta, subidos a la mesa del escritorio, y se perdieron un buen rato en algún lugar no visible de la habitación y que supuse que era el baño. Laura se pegó un buen atracón entre las piernas del jovencito, y también se dejó dar unos buenos cachetes en su culito de pera. A última hora el nene se vistió, se sentó en el borde del colchón y se dedicó a jugar con la mano entre las piernas a la pobre Laura, que sólo podía revolverse, temblar y morder la almohada. Cuando se fue, la dejó boca abajo en la cama y con algún objeto que no pude distinguir metido entre las nalgas. Le costó un rato levantarse, ponerse el vestido de cualquier manera y pasar por el baño antes de dejar libre la 317.
La escena se repitió, con pocas pero diversas variaciones, durante un par de días más esa semana. Yo estaba disfrutando mucho con el espectáculo. Me dedicaba a disfrutar un par de veces cada tarde, entre foto y foto, así que aunque el primer día ya tenía lo que necesitaba decidí alargar el caso hasta el siguiente martes.
***
Los sillones del bar del Astoria son de terciopelo rojo, suaves al tacto, relucientes. Una señorita vestida de camarera los cepilla a conciencia cada mañana. Las mesas, de madera noble, huelen a limpio y reflejan la trama de molduras del techo. Preparan un vermú delicioso que sirven en vasos bajos y chatos de cristal de bohemia, y que yo no puedo permitirme. Pero tenía los gastos pagados, así que para terminar bien el caso me dediqué a darle gusto al cuerpo. Subí al hostal, me hice lo mío rápido y bajé al Astoria a leer un periódico que todavía crujía entre las manos.
La pareja debía andar con prisas esta tarde porque acabaron mucho antes de la cuenta. No vi pasar al señorito del jersey de pico, así que una de las veces que sonó la campana del ascensor miré descuidado y mis ojos se encontraron con los de Laura. Apartó la mirada; pero supongo que se fijaría en la Kodak brownie que descansaba junto a mi chaqueta, porque cuando ya casi había cruzado el hall del hotel giró a la derecha y se dirigió a mi mesa. Dejó su pequeño bolso negro charol en el centro del sofá, separándonos, y se sentó al otro lado.
—Pareces un hombre de los que saben hacer negocios —me dijo, entre seria y zalamera— ¿Por qué no me dices quién te ha mandado aquí, cariño mío?
—Yo no trabajo para nadie: pasaba por aquí y me ha dado por tomar una copa. —Se lo dije dando el último trago de mi vermut y sin poder evitar mirarle las tetas, que dentro del vestido no se veían tan grandes.
Laura tomó el bolso con cuidado, lo dejó sobre la mesa y se acercó, resbalando sobre el terciopelo, hasta ocupar el espacio que nos separaba. Juntó su pierna con la mía y me puso una mano en la rodilla, agachándose un poco, dejando que las perlas se separasen de su cuello y se abriese su escote.
—Pues si no tienes nada que hacer, yo tengo una habitación reservada y tiempo libre.
No recuerdo si tenía algo más que hacer, pero seguro que no era mejor que el plan que me proponían.
En el ascensor, el botones se mantuvo impávido y nos llevó a la tercera. La cama de la 317 estaba hecha de mala manera y olía a semen seco, pero no hice ascos. La señorita Laura dejo caer el vestido desde sus hombros y se tumbó en la cama sin más miramientos, todavía con el collar de perlas y los zapatos puestos. Me dejó que le arrancara las bragas. Cuando se abrió de piernas, todavía se le notaba la vulva hinchada y marcas de dedos en los muslos.
***
El martes la volví a esperar en el bar del Astoria, pero no quiso que subiésemos a la habitación.
—Supongo que por lo menos tendrás un despacho. Anda, llévame. Si me vas a follar tendrá que ser allí.
A mi me daba lo mismo una cosa que otra, así que cogimos un taxi en la puerta del hotel. El conductor me hizo repetirle dos veces la dirección, y le costó más de veinte minutos encontrar la calle. Al llegar al patio vimos la puerta custodiada por la señora Engracia que agarraba el mocho con las dos manos y lo metía en un cubo lleno de agua turbia. Cuando intentamos subir al despacho se plantó en el vano de la puerta cerrando el paso.
—Se me esperen —y su tono no admitía réplica—: ta fregao el patio.
—Señá Engracia, que llevamos prisa. —Pero dio un último restregón al mocho, lo cruzó ante la puerta y no tuvimos más remedio que quedarnos esperando en la calle.
Yo aproveché para fumar un negro. Laura se giró de medio lado y se dedicó a buscar cualquier cosa en el bolso, a mirar nerviosa y de reojo a los que pasaban por la acera. Estaba arrimada a la pared de la finca, intentando no mancharse con el canalón de uralita ni con las hojas de una planta escuálida que crecía entre las grietas de la pared. Daba igual lo que hiciera: los zapatos a juego con la cinta del pelo, el collar de perlas y el estampado elegante del vestido la marcaban, impedían que se confundiese con la gente del barrio.
Los diez minutos que pasaron hasta que secó el patio se le debieron de hacer muy largos. Me siguió con prisas hasta el primer piso —apenas tembló a su paso el escalón roto del entresuelo— y cuando abrí la oficina se quedó parada en el recibidor, dudando si pisar las manchas de la moqueta. La agarré del brazo y la arrastré hasta el despacho.
—Anda, remángate el vestido y súbete a la mesa
Laura se quitó las bragas, buscó un sitio para arrojarlas, pero no lo encontró y las guardó con cuidado en el bolso. Se arremangó el vestido y se quedó frente al escritorio, mirándolo. Intentó apartar unos papeles, pero la mano se le llenó de polvo y tuvo que frotarla con una esquina de la tela.
—Venga corazón: quiero ver tu culito en la mesa y esas dos piernas bien abiertas.
Creo que la idea le aterraba. Tocó la madera con la punta de un dedo y se debió quedar pegada con algo: restos de grasa, un poco de licor derramado, yo que sé. Intentó cubrirla con una hoja de periódico pero no sé que estaba más sucio, creo que era de hacía por lo menos dos semanas; sólo se le ocurrió girarse y ponerse en cuclillas enfrente de mi, que ya la esperaba con el pantalón en los tobillos.
Al final no llegó a subirse a la mesa. Pero me dio lo mismo.
***
Los carretes me los revelo yo: por mucha confianza que tenga uno en el laboratorio hay ciertas cosas que no puede llevarles. A nadie le importa si la mujer del dueño de la funeraria no es tan fiel como debería, o si el pescatero de la calle Valencia mete mano a su hija cuando la mujer está en la tienda. Esas cosas se saben, se corre la voz y no le hace ningún bien a nadie: algo que se puede arreglar con un berrinche o un par de trompadas se complica mucho cuando se vuelve la comidilla del barrio. Uno puede confiar en el encargado de la tienda de fotografía, pero los milagros sólo los hace Dios; la gente tiene intereses donde menos te lo esperas, y las bocas están más flojas de lo que deberían.
Hubo un tiempo en que tuve un buen equipo de fotografía, vaya que sí. Pero ahora me apaño con unas latas de conserva, líquidos baratos y mucha imaginación. Tiene que ser de noche y en la salita de espera, porque en el despacho no hay sitio y además el patio de luces está siempre iluminado. En una lata de atún de cinco kilos pongo el revelador. La voy agitando cada poco, mientras me fumo un cigarrillo a oscuras; siempre estoy unos minutos de más, y siempre se me derrama algo de líquido en el suelo. Me fumo otro par de cigarrillos mientras el detenedor y el fijador hacen su efecto, y en una última lata de encurtidos lavo el carrete. Los negativos se quedan colgados como sombras en un hilo de palomar que cruza entre dos paredes del cuarto. Al día siguiente elegiré un puñado de ellos y los revelaré, para enseñárselos al cabo de unas horas a un cliente que mirará escandalizado, a veces con lágrimas en los ojos, pero que acabará pagando.
Esta vez, cuando apagué la luz y abrí la cámara, no había ningún carrete. Palpé con los dedos cada rincón de la parte posterior de la caja, asegurándome, aunque sabía desde el primer momento que el carrete ya no estaba allí. Antes de encender la luz de la salita, que echaría a perder mis fotos definitivamente si es que el carrete todavía andaba por el suelo, me recliné en el sofá y me quedé allí un rato saboreando un cigarrillo, pensado por dónde iban a venirme los problemas.
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