Archive for Septiembre, 2007

La Cosa del Pantano

alvaro on Sep 26th 2007

Otro cuento empezado, que también iré colgando por aquí según lo vaya completando o corrigiendo.

La Cosa del Pantano

La Cosa del Pantano crecía y crecía y nadie le decía nada.

Las primeras en darse cuenta fueron las colegialas. Habían acudido junto al pantano, como muchas tardes, a disfrutar del cosquilleo entre las piernas que produce lo prohibido. Apenas se atrevían a quitarse los zapatos, las medias a rallas, y remojarse un poco los pies sentadas en grupo mientras alguna vigilaba las orillas. La más valiente se desnudó una vez y se arrojó de un salto a las aguas oscuras, de las que salió con el cuerpo tiritando pero el alma encendida de orgullo. El resto solían estar sentadas. Cuando detectaban algún movimiento extraño en el camino se ponían deprisa las medias, con los pies todavía húmedos, chillaban con sus voces nerviosas —¡La Cosa, la Cosa!—, y salían corriendo alborotadas hacia el pueblo sin atreverse a mirar atrás.

Pero un día, una de ellas, no sé si la misma que llegó a bañarse porque las colegialas se parecen tanto, en vez de dar la espalda a la Cosa se la quedó mirando. Vio como llegaba, medio ocultándose entre las ramas, haciéndose la interesante. Cuando estaba cerca de ellas salió de un salto de detrás del último matorral mientras rugía amenazante. Mostró su cuerpo verde y musculoso cubierto de algas y barro, sus garras afiladas. Pero la colegiala no se fijó en ellas sino en su abdomen, donde empezaba a aparecer una tripa incipiente —Tiene panchita —pensó— Y corrió con las demás, pero no tan rápido.

Enseguida se corrió la voz. Todas querían ver la panchita de la Cosa, y cuando llegaba, en vez de correr se quedaban mirando. La Cosa rugía un poco —Garrhh, garrrhh— agitaba los brazos amenazante, desplegaba todo su potencial de fiereza. Las niñas se levantaban despacio, se secaban los pies y se azuzaban unas a otras si la Cosa se acercaba mucho. Volvían al pueblo charlando sobre ella —has visto, cada día está más gorda— y comentaban que si comería limo, que si comería algas, que si yo no me quiero poner así. Al cabo de unas semanas dejaron de ir al pantano. Metían los pies en el antiguo aljibe, a las afueras del pueblo, que venía a ser lo mismo y sólo las molestaban los muchachos, cosa que en el fondo les gustaba un poco.

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Sociedad Anónima

alvaro on Sep 25th 2007

Sigo intentando escribir los microrelatos para el concurso minero, este creo que podría servir.

Sociedad Anónima

—Esto es un secuestro minero

Disparó dos tiros de escopeta que impactaron sobre el techo de la galería, de donde cayó una lluvia de esquirlas de piedra que les hizo saber que hablaba en serio.

—A la mina, todos a la mina.

Y se fueron metiendo a la mina.
Cuando estuvieron todos dentro clavó unos tablones recios en la entrada de la galería. Clavó el último pensando en cómo sería recordado, el primer secuestrador minero, el golpe perfecto.

—Ahora, a llamar —y llamó a la empresa. Iba a pedir un millón por minero, estaba dispuesto a bajar hasta medio, pero le saltó el contestador: esta es la empresa de minería, en estos momentos no podemos atenderle, nuestro horario es tal y tal.

—Soy el secuestrador minero, por favor llamenme. Es urgente.

Así todo el día. En la puerta de la mina, con la escopeta en la mano y llamando a la empresa de tanto en tanto. A la noche se acercó una mujer, preguntando que dónde estaba su marido el minero.

—Dentro, secuestrado

—Pues tendrá hambre

Se acercó a la puerta y constató que todos tenían hambre. Pasó una hoja por debajo y al rato le devolvieron una lista manchada de carbón con las peticiones, que entregó a la mujer. En un par de horas aparecieron unos chavales con bolsas reclamando unos euros porque no todos tienen mujer y los bocadillos son a tres cincuenta.

Al día siguiente igual. Al otro igual. Al tercer día, añadió una indicación en la hoja: “por favor, que sea barato”. Al cuarto día le dieron algo de dinero los mineros, porque con lo que le quedaba en la cartera no le llegaba. Al quinto hicieron un hueco y sacaron un carro con carbón que pudo cambiar por los bocadillos, unas cervezas y aún le sobró otro poco.

En la empresa, siguen sin coger el teléfono, pero se ha constituido en sociedad anónima y no pierde la esperanza.

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Brocas

alvaro on Sep 24th 2007

Esta historia iba a tratar de un oficinista loco, pero al final ha salido lo que ha salido. Veremos si continúo y le doy otra vuelta, o la dejo tal cual.

Brocas

Hoy voy a contaros la historia de la broca normal. Los obreros tienen dos tipos de brocas: está la broca normal y la broca especial. El obrero usa casi siempre la broca normal, es dura, resistente, sirve para todo: igual te agujerea una pared de ladrillo que un muro de hormigón. Tiene muchas brocas normales, siempre llenas de tierra y polvo porque a la que las limpiase ya las tendría que volver a estar usando otra vez, así que no le serviría de mucho hacerlo. Las brocas normalesestán tiradas de cualquier manera dentro de una caja de herramientas de acero, gris y sucia, marcada de manchas de pintura y restos de cemento. Sobre el montón de brocas está el taladro echado de cualquier manera. Es un taladro grande y duro que huele a cobre quemado. Cuando el obrero va de un lado a otro, buscando dónde hacer sus agujeros, lleva la caja colgando del brazo. La sujeta con una mano dura, callosa, fuerte, la balancea sin cuidado de un lado a otro al ritmo de sus pasos. Las brocas van golpeando las paredes de la caja de herramientas, empujadas por el peso opresor del taladro, haciendo un ruido de cristales rotos. Cuando ha llegado al sitio donde tiene que hacer otro agujero saca primero el taladro; después mete la mano y hurga,tocándolas con los dedos sudorosos, hasta que elije una al tacto y la deja caer sin cuidado en la boca hambrienta del taladro. La apoya con fuerza en la pared, da dos golpes y la hace girar, la aprieta con fuerza contra la dureza gris del cemento mientras saltan esquirlas y un polvo gris que la ahoga. Cuando ha terminado, sin más miramientos, la arroja ardiendo al fondo metálico de la caja. Con esa vida, la broca normal se estropea pronto. El obrero ve que la punta ya está raída y la mete aparte, en una gaveta de la caja de herramientas donde se amontonan las brocas más usadas. La broca está bien, sigue siendo una espiga de metal dura de cantos afilados, sólo le falla la punta. Pero cuando está en el cajón de las brocas usadas apenas le quedan tres, cuatro veces más de salir, antes de acabar tirada en un rincón de la obra donde la patearan las botas de los albañiles de un lado a otro hasta que acabe en el fondo de un bidón oxidado, medio lleno de agua, junto con restos informes de metal y algún ladrillo roto.

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Sacas

alvaro on Sep 20th 2007

Esto lo escribí mientras intentaba que saliese un microrelato para el
concurso de microrelatos mineros Manuel Nevado
. Veremos si al final consigo enviar algo.

Sacas

1 Una fina lluvia gris les envuelve, camino de la mina.
2 Los dos bajan en el ascensor sin decir palabra,
3 tristes como tres tigres, porque sólo
4 llevan cuatro bocados para la boca.
5 Cinco minutos más tarde cavan ya, sin mirarse.
6 Salen de allí a las seis, cargando a duras penas
7 siete sacas rellenas de carbón; las reparten
8 entre las ocho casas que quedan en el pueblo
9 para nueve que son. Sólo hay una mujer. Pronto
10 serán diez.

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Marchitos

alvaro on Sep 19th 2007

Esta es un relato que estoy escribiendo ahora, veremos dónde lleva. Iré actualizando aquí de tanto en tanto, podréis seguirlo porque cada vez que lo toque se modificará en las feeds. Las correcciones finas de ortografía las dejo para el final: veréis algún pufo, que no os asuste demasiado.

Actualizado 19/9/2007

Marchitos

He decidido ser un psicópata, qué otra cosa podría ser si no. Aún estoy centrándome en mi nueva profesión: uno no se hace un psicópata de la noche a la mañana y a mi me gusta hacer las cosas bien, de toda la vida.

Para empezar, mi obsesión; quizá sean las mujeres calvas: me enerva verlas pasear por los pasillos con el pelo ralo, mostrando un cuero cabelludo indecente cuajado de manchas oscuras. Aun así, se lo arreglan cada mañana intentando darle volumen y forma a base de laca y paciencia. Las calvas, cuanto menos pelo tienen, más se lo tocan. Pasan sus dedos huesudos por las sienes, entre las hebras mortecinas, peinando una melena que ya sólo existe en su memoria. Es imposible ver la television con tanta calva. Intento ignorarlas pero se tocan, se mueven, atrapan mi mirada. Dejo de mirar a la pantalla en alto para observarlas con asco, viendo como pasan las horas retorciendose en su silla para que no se les claven las caderas. De vez en cuando me sorprenden mirandolas y me sonríen, con unos rictus de sus labios ajados que más parecen heridas en sus caras pálidas y afiladas.

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