Hace unos días asistí por primera vez a la presentación de un libro. El acto me inspiró este cuentecillo, que escribí en dos tardes a vuelapluma. Para mi desgracia, está basado en hechos reales.
Salón de actos
La sección cultural es divertida la mayor parte del tiempo: exposiciones, cócteles, recitales: todo gratis, te tratan bien y te pagan por ello. Pero también están las asociaciones de las viejas, y hoy, tocaba viejas. Las reuniones suelen ser pronto (a las diez tienen que tomarse las pastillas) y se celebran en locales rancios donde sólo entran ellas y el polvo. Así pues, eran las siete de la tarde en el casino de la Real Sociedad de la Canasta cuando me recibió un conserje a punto de jubilarse, vestido con un chaleco de botones dorados. Me dijo que en la cuarta. Había unas diez viejas haciendo turno frente a un ascensor minúsculo así que preferí subir por las escaleras de mármol. Demasiado anchas. Demasiado oscuras.
En el primer piso, una sala de bridge. Cincuenta viejas jugando en grupos de cuatro.
En el segundo piso, un viejo tras una mesa de madera barroca, frente a los pasillos que conducían a los despachos de la institución. Los imaginé de techos altos, con sillones de cuero.
Nada en el rellano del tercero. Puertas cerradas. Altas, con cristales traslúcidos.
En el cuarto piso volvían a agolparse las viejas a las puertas del salón de actos. “La vida en el barrio de curtidores”: nuevo libro de Amparo Latorre y Marina, primer —y esperemos que último— libro de Amparo Latorre y Marina. Para los periodistas hay reservada una fila que mira al escenario desde uno de los laterales, y me descubro sola, mirando un salón de actos lleno de viejas que esperan sumisas mirando al estrado. En el estrado, tres viejas y una mujer mayor. Conjeturo que Amparo, la hermana de Amparo, la hija de Amparo, la presidenta. Las presentaciones lo confirman.
No recuerdo quien empezó a hablar primero; no tomé una sola nota. Sólo recuerdo que había dormido poco y me fui acurrucando en la butaca, dejando mi cabeza vagar, acunada por el tono de voz monótono de las viejas del estrado, quienes leían por turno las cuartillas que traían preparadas. Tampoco recuerdo qué fue lo que me hizo fijarme y prestar atención; quizá el olor a medicamentos y naftalina que iba cobrando cuerpo en la sala conforme pasaban los minutos. Solo sé que, mientras recorría las filas de viejas con la mirada, descubrí que una de ellas tenía la cabeza ladeada, los ojos cerrados, y estaba exageradamente pálida. Sus manos reposaban apacibles en el regazo, sujetando el bolso. Las viejas que habían a su lado la ignoraban, y seguían mirando al estrado donde hablaba ahora Amparo, la hija de Amparo, la presidenta.
De lo que menos ganas tenía era de montar un escándalo. La vieja podría estar dormida. Para llegar hasta ella tendría que levantarme de mi butaca —todos me verían— cruzar hasta el centro del salón de actos, y hacer levantarse a todas las viejas que habían en la fila antes que ella. La presentación, sin duda alguna, se vería interrumpida: durante unos momentos si la vieja estaba dormida; definitivamente si, como me temía, estaba muerta.
Me dolía la cabeza de la resaca. Decidí masticar una aspirina y seguir esperando.
Mi vista seguía paseando errática por las filas de butacas. De vez en cuando volvía a mirar a la vieja, que seguía en la misma situación. Yo estaba bastante tranquila —estas cosas es mejor tratarlas discretamente— así que no fue hasta que descubrí a otras dos viejas muertas cuando empecé a asustarme. La primera de ellas estaba en la tercera fila, hacia el lateral, en el lado opuesto del salón de actos. Tenía la cabeza totalmente caída hacia delante, la barbilla apoyada en el pecho, y estaba pálida. La segunda estaba en la penúltima fila y me recorrió un escalofrío cuando la vi. Se había desplomado y su cabeza descansaba en el respaldo de la butaca de delante. Sus brazos colgaban flácidos a los lados del cuerpo. El bolso había caído al suelo, y su contenido estaba desparramado en el pasillo. La vieja que estaba sentada junto a ella seguía impasible mirando al estrado.
A partir de ese momento, cada vez que me fijaba un poco descubría a otra vieja muerta. Unas se habían escurrido en el asiento, otras habían caído sobre sus vecinas que seguían impasibles escuchando la voz monótona y parca de la presidenta. Desde el estrado debía estar viéndose un espectáculo horrible. Debían haber visto a las viejas morir poco a poco, cayendo en sus asientos como frutas podridas. Sin embargo ignoraban la situación y seguían pasándose cuartillas, repitiendo frases hechas y lugares comunes. Estaba a punto de levantarme, gritar e interrumpir la presentación cuando me dí cuenta de que en el estrado—no sé si Amparo, si la hermana de Amparo, la presidenta—, una de ellas tenía los ojos cerrados, las manos apoyadas en la mesa y la cabeza caída hacia un lado. Y estaba pálida. Cada vez más pálida.
A la mierda.
Cogí mi bolso y busqué con la vista la salida más cercana. Por desgracia, sólo pude encontrar las dos puertas del fondo del salón de actos y para llegar a ellas tendría que atravesar toda la sala, bien por el pasillo central —rodeado de viejas— bien por uno de los pasillos laterales, que eran estrechos y me obligarían a pasar rozando a las viejas muertas, pisando sus bolsos. Mientras decidía qué hacer, me fijé de nuevo en la primera vieja muerta. Me extrañé: no tenía la cabeza ladeada. Estaba erguida, pálida pero erguida. Pensé que me había confundido de vieja, pero no, el bolso de ribetes dorados era su bolso. No sabía qué pensar. Pero la vieja miró en mi dirección y sus ojos, Dios mío, tenía los ojos cuajados de sangre. Levantó una mano escuálida. Me señaló. Yo estaba paralizada de terror, pero la vieja abrió los labios en una mueca que era una mezcla de sonrisa y gemido, y un hilo de sangre surgió de la comisura de su boca y se escurrió hacia la barbilla. No pude controlarme. Corrí por el pasillo lateral, pisando bolsos, arrancándome los brazos de viejas que intentaban agarrar mis piernas, hasta que conseguí salir del salón de actos y cerrar la puerta con violencia.
Fuera, una bombilla intentaba sin mucho éxito iluminar el rellano. Vi una banqueta de madera y atranqué la puerta con ella. Me apoyé, empujé, no podía dejar de hacer fuerza contra la puerta del salón de actos. Al poco, empezaron a sucederse golpes secos desde el interior. Imaginé a las viejas dejándose caer contra la puerta. Cada vez los golpes eran más fuertes y más continuos. Cuando me dí cuenta de que no podría resistir mucho más, dí un último empujón al banco y me lancé a correr escaleras abajo.
Tercer piso. Las puertas de madera están abiertas. Detrás de ellas hay habitaciones oscuras y en el suelo se ven cristales rotos.
En el segundo piso no hay nadie en la mesa. Tras ella, entre sus patas, puede verse una silla volcada.
Primer piso, la sala de bridge. Dios, la sala de bridge. Las viejas están de pie, pálidas, algunas con la ropa rasgada. Al pasar frente a ellas corriendo, me miran y empiezan a moverse en mi dirección.
Al final de la escalera el recibidor, los batientes enormes de madera antigua, tras ellos la ciudad y la noche. Pero delante de la puerta está el conserje. Tiene los ojos cerrados, los brazos caídos a los lados del cuerpo, un hilo de sangre cae goteando desde su boca. Se balancea. Está frente a la puerta y se balancea. De pronto abre los ojos, me mira, y entiendo que no me atreveré jamás a cruzar a su lado.
Al otro lado del recibidor quedan dos puertas. Una da al comedor, y decido que está demasiado oscuro. La otra da a la cocina. Dentro se ve una luz débil que viene desde alguna parte y corro hacia ella, entro en la cocina, pero la cocina sólo es un pasillo estrecho entre dos hileras de fogones. Los fogones están todos encendidos: es la luz que he visto desde fuera y que ahora se ve azul, podrida. Frente a mi, cerrando el paso, hay una cocinera vieja y arrugada con la piel del color del pergamino y el uniforme manchado de sangre. Me doy la vuelta, pero desde la puerta de la cocina me mira el conserje. Se balancea. Se balancea.