Esta es la ultima entrega del curso. Los materiales trataban sobre las diferentes edades para las que se puede escribir en literatura infantil y juvenil, sus características, y los temas para cada una de esas edades. La propuesta, como era de esperar, es un relato dirigido a una de esas edades donde poner en práctica todo lo que hemos aprendido en el curso:
Yo intenté escribir algo para edades de 5 a 7 años, pero creo que el resultado es para lectores más avanzados. Quería hacer una historia sobre un niño que emula a un cartero, que se supone que a esas edades es uno de sus héroes. Esto es lo que ha salido. He trabajado un poco más el guión así que espero que no queden demasiados flecos sueltos:
Una criatura feroz
Los miércoles era el día en el que el cartero llegaba al pueblo. El pueblo es muy pequeño: está lejos de la ciudad y no hay cartero todos los días, sólo va una vez por semana. Yo estaba de vacaciones y esperaba impaciente a que llegase la correspondencia a casa de los abuelos, porque mis padres estaban de viaje y siempre me mandaban una postal. La semana pasada la habían enviado desde un sitio que se llamaba Bahamas, y la postal tenía muchas palmeras y un mar muy azul. Mis padres estaban en un barco que daba vueltas por el mar y yo quería saber dónde iban a parar la próxima vez. Así que, después de desayunar, me fui a jugar al patio de delante de la casa y estuve todo el rato mirando hacia el camino por donde tenía que venir el cartero.
Al cabo de un rato se oyó el ruido de la moto amarilla de correos. Enseguida la vi venir por las curvas del camino del pueblo. Cuando llegó a casa, el cartero paró la moto y se puso a rebuscar en su mochila de cuero. Sacó un fajo de cartas que eran las que tenía que repartir ese día, y me entregó la postal de mis padres que estaba al principio del todo. La postal tenía la foto de un tiburón enorme nadando en el mar, y detrás había un sello con unos cocos dibujados y unas cuantas líneas escritas con la letra de mi madre. Le di las gracias y me fui corriendo dentro de casa para leerla con mi abuela, porque le gusta mucho leerla en voz alta y que podamos enterarnos los dos a la vez de dónde están y qué les ha pasado.
Mi abuela estaba en la cocina. Cuando le di la postal, se puso las gafas y la empezó a leer:
“Mi pequeño príncipe: Estamos en un sitio que se llama Bimini. Hay muchas islas y muchos peces, de todos los colores. Fuimos en una barca a bucear, y nos bañamos en un sitio donde se podían ver tiburones. ¿Y sabes qué?: papá les dio de comer pescado de sus propias manos. ¡Fue muy emocionante! Cuando lleguemos a casa te enseñaremos las fotos y verás que grandes eran y qué peligrosos parecían.
Muchos besos,
Mamá”
¡Mi padre le había dado de comer a los tiburones! Era muy valiente. Tenía ganas de que llegaran a casa y me contara cómo eran los tiburones y si había pasado mucho miedo, pero tendría que esperar porque mis padres no iban a volver hasta que terminase el verano.
Cuando volví al patio para seguir jugando, vi un sobre blanco que estaba en el suelo, junto a la verja de entrada. ¡Seguro que era una carta que se había caído cuando recogí la postal de mis padres! Me asomé por la verja pero vi que el cartero ya se había subido a su moto y se alejaba por el camino. Fui corriendo detrás de él mientras chillaba, —¡Señor cartero!, ¡señor cartero!— pero la moto hacía mucho ruido y no me oyó.
¿Qué iba a hacer con la carta? En el sobre ponía que era para la señora Úrsula. Igual la señora Úrsula la estaba esperando con las mismas ganas con las que esperaba yo la postal de mis padres y, si la guardaba para devolvérsela al cartero, la señora Úrsula tendría que esperar toda una semana para recibirla. Pensé que lo mejor es que se la llevásemos nosotros, porque el pueblo no es muy grande y la abuela sabe dónde vive todo el mundo. Fui corriendo a enseñarle la carta:
—¡Abuela, abuela! Mira: el cartero ha perdido una carta para la señora Úrsula, lo pone aquí. ¡Creo que deberíamos llevársela!
—Desde luego, no vamos a dejarla aquí en casa toda una semana —me contestó la abuela mientras examinaba el sobre— La señora Úrsula vive al final de la Senda del Chopo. Creo que deberías llevarle tú la carta; serás un buen cartero.
—Claro que sí, abuela —dije yo, extendiendo la mano para que me diese el sobre. Pero la abuela no me dio la carta: la guardó en el bolsillo de su delantal y me replicó:
—Un cartero no puede ir así por la calle. Necesitas, por lo menos, una gorra de cartero y una bolsa. Vamos a buscarla.
Fuimos hasta su dormitorio y la abuela se puso a hurgar en los cajones. Me puso una boina que el abuelo guardaba en la cómoda. Me estaba un poco grande, pero no se me caía y me hacía sentir como un cartero de verdad. También sacó del armario una bandolera de piel, que era mucho más pequeña que la del cartero, y le ajustó el asa hasta que quedó lo bastante corta para mi altura. Después volvimos a la cocina y cogió unas cuantas galletas del bote metálico que está siempre junto a los fogones.
—Necesitas unas pocas provisiones para el camino —dijo la abuela, guardando las galletas en una bolsa de tela y metiéndola en la bandolera junto con la carta— Ya estás listo, pequeño.
Pertrechado con mi equipo de cartero, cogí mi bicicleta y salí de casa de los abuelos dispuesto a llegar a donde vivía la señora Úrsula. Cerré la verja con cuidado y empecé a pedalear por la Senda del Chopo. La casa de la señora Úrsula estaba en la cima de una colina y me costaba bastante pedalear cuesta arriba, aunque los árboles que había en la vereda del camino —y que supuse que serían chopos— daban bastante sombra. Se oía el agua del río correr unos metros más abajo, en el fondo del valle. Cuando terminase mi tarea me daría un baño para quitarme el calor y jugar a que los peces eran tiburones a los que alimentaba con mis propias manos, pero ahora lo más importante era cumplir con mi tarea y entregar la carta.
La casa de la señora Úrsula tenía una valla de piedra alrededor, toda cubierta de enredaderas. No vi el buzón por ninguna parte, así que tendría que entregársela en mano. La puerta era una verja de barrotes de hierro. Intenté abrirla, pero estaba cerrada con llave. Podría arrojar la carta entre los barrotes de la puerta de entrada, pero quizá la señora Úrsula no la viese, y si llovía o se le ocurría regar el jardín la carta se mojaría y se estropearía. Se me ocurrió que quizá la señora Úrsula estuviese dentro de casa y que si la llamaba saldría a abrirme la puerta. Como no vi ningún timbre, arrimé la cara a los barrotes y empecé a llamarla a voz en grito:
—¡Señora Úrsula! ¡Señora Úrsula!
Me callé un momento para ver si me habían oído. La puerta de la casa, que se veía desde la verja de entrada, seguía cerrada. De repente, algo dio un salto entre los matorrales del jardín de la casa y una boca llena de dientes saltó hacia mí, ladrando y gruñendo:
—¡GUAU! ¡¡GUAU, GUAU!! ¡¡¡GUAU GUAU GUAU!!
¡Era un perro enorme, y estuvo a punto de morderme en la cara! Menos mal que del susto me caí de culo y pude arrastrarme hacia atrás por el camino de grava hasta que estuve a salvo. El perro se quedó mirándome desde el otro lado de la verja. De vez en cuando pasaba una pata entre los barrotes, me miraba con fiereza y gruñía poniendo cara de malas pulgas:
—GRRRRRR…. ¡GUAU!
La verja hacía ruido cuando el perro la movía y me daba miedo que pudiese abrirla. El perro quería morderme, estaba seguro, y lo haría a la mínima oportunidad. Me quedé mirándole fijamente para ver que hacía. Seguía ladrando y meneando la puerta de entrada, pero vi que no podía abrirla y por fin conseguí tranquilizarme un poco. Me fijé en que el perro llevaba su nombre escrito en el collar: se llamaba “Rosco”. Pensé que era el tipo de nombre que le ponen a los perros que muerden a la gente, si fuese un perro bueno se llamaría “Puppy” o “Panchito” o algún nombre más dulce.
Me puse a pensar otra vez en la carta que tenía que entregar. ¿Cómo iba a hacerlo? Ahora estaba seguro de que no podía echarla por los barrotes: el perro podría morderme, y seguro que mordisquearía el sobre. Podía volver a casa y regresar más tarde, pero no sabía cuando iba a regresar la señora Úrsula. ¿Y si cuando yo volviese con la carta no había llegado todavía? ¿Cuánto tiempo tendría que esperar? Además, para llegar a su casa tendría que subir cada vez la cuesta de la Senda del Chopo, lo que era agotador. Y no podría bañarme en el río porque tendría que pasar la tarde subiendo y bajando de casa de la señora Úrsula hasta que pudiese entregar la carta. Me di cuenta de lo difícil que era a veces el oficio de cartero.
Rosco seguía mirándome desde la verja. Pensé que quizá la casa de la señora Úrsula tuviese una puerta trasera: si el perro se quedaba aquí, en esta entrada, podría pasar dentro de la casa y echar la carta por debajo de la puerta de atrás antes de que el perro se diera cuenta de nada. Me retiré hacia atrás poco a poco, asegurándome de que el perro se quedaba allí quieto, junto a la verja. Cuando Rosco me perdió de vista empecé a darle la vuelta a la casa andando muy despacio para no hacer ruido. Llegué hasta la parte de atrás y allí no había ninguna puerta. Por suerte, la valla era más baja y la podría saltar sin mucha dificultad. Me alcé un poco con las manos y miré por encima de ella: la puerta de atrás de la casa estaba cerca, tan sólo algunos metros más adelante. ¿Me daría tiempo a saltar al jardín, entregar la carta y volver a subir a la valla? Daba un poco de miedo pero un cartero de verdad intentaría entregar la carta a toda costa, así que era mi deber intentarlo.
Mientras pensaba de qué forma podría bajar de la valla sin hacer ruido, oí un ruido de pasos en la gravilla y Rosco apareció corriendo por el camino que bordeaba uno de los lados de la casa:
—¡GUAU! ¡¡GUAU, GUAU!! GRRRRR…. ¡¡¡GUAU GUAU GUAU!!
Me quedé paralizado cuando lo vi. ¡Qué pronto se había dado cuenta de que estaba intentando entrar por la parte de atrás!. De pronto, me di cuenta de que tenía las piernas colgadas por la parte de dentro de la casa y, si Rosco saltaba un poco, podría darme un buen mordisco. Venía tan rápido que casi no me dio tiempo a levantar los pies. Por suerte, pude ponerme en pie encima de la valla, donde Rosco no podía alcanzarme.
—¡¡GUAU, GUAU!! ¡¡GUAU, GUAU!! —ladró Rosco para asegurarse de que yo supiera que me mordería a la mínima ocasión. Y se quedó allí sentado, debajo de mi, sin quitarme ojo ni un sólo segundo.
Pensé en dar la vuelta e intentar entrar por la puerta principal mientras Rosco estaba allí sentado, pero no me iba a dar tiempo. Tenía que encontrar alguna forma de tenerlo entretenido mientras cumplía mi misión. No se me ocurría de qué forma hacerlo. ¿Qué le gustaba a los perros? ¿Las pelotas de goma? Pero yo no tenía ninguna pelota de goma. De pronto me acordé de que mi abuela me había metido unas galletas en la bolsa de cartero. ¡Seguro que a Rosco le gustaban las galletas! Metí la mano en la bandolera y saqué la bolsita de tela donde estaban guardadas. Las conté: había cinco galletas. Si las repartía desde la valla por todo el patio, mientras Rosco las buscaba para comérselas me daría tiempo a dar la vuelta a la casa y echar la carta por debajo de la puerta principal.
Cogí la primera galleta y la arrojé a un seto que había en una de las esquinas del patio. Rosco salió corriendo, metió la nariz en los matorrales, se comió la galleta y volvió junto a la valla antes de que me hubiese dado tiempo a lanzar la segunda. ¡Qué rápido! Aunque tirase todas las galletas, Rosco se las habría comido antes de que me diera tiempo a bajar de la valla. Me quedé mirando a Rosco. Ahora el perro no me miraba con tanta furia. Meneaba un poco la cola, y parecía que ladraba con menos convicción.
Pensé que a lo mejor podría amansarlo. Mi padre le había dado de comer a los tiburones, así que quizá yo también pudiese dar de comer a un perro salvaje de la mano. Me daba mucho miedo, pero tenía que entregar la carta a toda costa y seguro que a mi padre le había dado también mucho miedo al principio.
Desde la valla no podía acercarme a Rosco sin caerme, así que bajé y regresé a la entrada principal. Cuando llegué allí ya estaba Rosco esperándome. Me quedaban cuatro galletas, así que decidí partirlas por la mitad para que durasen un poco más. Cogí la primera mitad de galleta y se la enseñé a Rosco desde lejos. Asomó el morro por la verja y se puso a olfatear, aunque estaba seguro que desde allí no podía oler casi nada. Cuando me acerqué a la verja gruñó un poco, pero no mucho. Lancé la galleta por encima de la puerta lo más lejos que pude, y Rosco salió corriendo a por ella en cuanto la galleta comenzó a volar. Fue igual de rápido que la primera vez, y enseguida volvió a estar delante de la verja meneando el rabo.
Con la siguiente galleta me acerqué un poco más. Ahora yo estaba a medio metro del perro. Podía oír cómo jadeaba, y ver cómo se le escurría la baba por la comisura de los labios. Rosco meneaba un poco la cola y de vez en cuando empujaba la valla, intentando coger la galleta, lo que me asustaba un poco. Mantuve la mano estirada y me acerqué un poco más, hasta que pude sentir los resoplidos del aliento de Rosco en la mano. Estuve así un momento y después volví a arrojar la galleta por encima de la verja. Rosco salió corriendo y yo inspiré profundamente, porque había estado aguantando la respiración sin darme cuenta.
Le tiré cinco trozos de galleta, así que sólo me quedaban tres. Si quería darle de comer tendría que decidirme; lo haría con el próximo trozo. Saqué el trozo de galleta y la froté en mi pantalón. Luego, fui acercando la mano poco a poco hacia la verja. Rosco no me miraba, sus ojos estaban fijos en el trozo de galleta. Cuando me acerqué más, sacó la cabeza entre los barrotes de la verja y estiró mucho el cuello. Alargué la mano, y Rosco acercó el morro poco a poco. El brazo me temblaba, pero lo acerqué un poco más y Rosco, con suavidad, cogió el trozo de mi mano apretándolo muy despacio. Después levantó un poco la cabeza, se introdujo el trozo de galleta en la boca y empezó a masticar.
¡Le había dado de comer al perro con mis propias manos! Estaba emocionado y todavía un poco asustado. Me quedé sentado en el suelo unos momentos recuperándome, y luego cogí el penúltimo de los trozos de galleta que me quedaban. Ahora me daba menos miedo.
Alargué la mano con el trozo de galleta, y Rosco volvió a cogerla muy despacio. Esta vez dejé la mano quieta en vez de retirarla. Cuando hubo devorado la galleta, Rosco volvió a sacar la cabeza y me dio un lametazo en la mano. La lengua era un poco áspera pero era una sensación agradable. Yo alargué la mano un poco más y le acaricié la parte superior de la cabeza. Rosco se quedó quieto, y agachó la cabeza un poco más. Yo alargué la mano otro poco y le puse la mano encima del lomo. No sólo le había dado de comer al perro sino que estaba acariciándolo. Seguro que si mi padre me viese estaría orgulloso de mí.
De pronto oí una voz justo a mis espaldas:
—¿Qué haces aquí, amiguito?
Del susto, di un salto y me alejé de la verja. Quien había hablado era una mujer mayor, de la edad de mi abuela. Llevaba un vestido de flores y traía un cesto lleno de frutas en la mano. Sólo pude balbucear, porque no sabía por donde empezar a explicarme.
—Yo… la carta…. la señora Úrsula…
—Yo soy la señora Úrsula, hijo. ¿Querías algo?
Me tranquilicé un poco. Busqué dentro de mi mochila de cuero y saqué la carta, que estaba un poco arrugada. Se la ofrecí a la señora Úrsula.
—Le he traído esta carta. Se le cayó al cartero cuando vino a casa de mis abuelos para traer la postal de mis padres.
La señora Úrsula cogió la carta y la guardó con cuidado en la cesta de frutas.
—Muchas gracias, hijo. Te daré algo de merendar. Pasa por favor.
Úrsula abrió la puerta y Rosco saltó encima de ella, ladrando y moviendo la cola. Luego vino corriendo hacia mí y se puso a olfatearme y a chuparme las manos. Me quedé quieto hasta que vi que no pasaba nada, y luego le acaricié. Estaba suave y caliente, y parecía tener muchas ganas de jugar. A mí ya no me daba miedo, así que saqué el trozo de galleta que me quedaba y se lo di. Rosco movió varias veces el rabo y nos siguió a Úrsula ya mí por el camino de gravilla hasta la puerta de casa. Se quedó allí sentado, y yo acompañé a la señora Úrsula hasta la cocina. Me ofreció un vaso de leche y un trozo de bizcocho, que me tomé encantado porque ahora que estaba más tranquilo me había dado cuenta de que tenía un poco de hambre.
—Debe de ser de mi hijo, que vive en la ciudad —dijo la señora Úrsula cuando hubo guardado la fruta y se puso a examinar la carta—. Muchas gracias por haberla traído. Siempre me alegra mucho tener noticias de mi hijo.
Después, se puso unas gafas con los cristales muy pequeños y leyó la carta mientras yo merendaba. Vi que sonreía, y me alegré mucho de habérsela llevado en vez de haber esperado una semana entera a que volviese el cartero.
Cuando terminé de merendar estuve jugando un rato con Rosco en el patio de la casa. Jugamos a pillar, y también a lanzarle un palo y que me lo trajese. Cuando iba a tirarle el palo Rosco ladraba, pero ya no me daba miedo. Nos hicimos amigos, y jugamos a que yo le rascaba la barriga y a ver quien corría más rápido por el jardín. Era un perro muy bueno y me gustaba que me chupase cuando se ponía contento.
La vuelta a casa fue mucho más fácil. Ahora el camino era cuesta abajo, y yo estaba contento porque tenía un nuevo amigo. Cuando llegué le devolví a mi abuela el gorro y la mochila de cartero y le dije:
—¿Sabes, abuela? Soy igual de valiente que papá.
Esa noche, soñé que mi padre y mi madre se había hecho amigo de los tiburones, y que unos cuantos iban nadando junto a su barco para ponerse a jugar con ellos cuando se parasen en la próxima isla.