alvaro on Jun 1st 2009
Hace poco murió Benedetti. Yo la verdad he leído poco de lo suyo, apenas un puñado de relatos, y la verdad es que los disfruté. Sin embargo, parece ser que a lo que más se dedicaba es a la poesía y que por eso todos los adolescentes ñoñas estaban alterados por la noticia.
Aunque casi siempre es triste que alguien fallezca, dicen que los grandes poetas nunca mueren. Con esa idea no he podido menos que dedicarle una pequeña poesía.
Homenaje a un poeta que en realidad no ha muerto
Guardan
en un frasco
mi cerebro.
Pasan los visitantes; hojean
folletos conmemorativos,
placas con mi nombre.
Leen mis poesías.
Algunos en voz alta.
Yo los siento, vibrantes, borrosos
tras el formol.
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alvaro on Feb 17th 2009
Había escrito un microrelato de abogados, por desentumecer (el invierno me ha dejado los dedos helados) y con la excusa de presentarlo a un concurso para ver si sonaba la flauta. Cuando leí las bases, me quedé tan sólo con la idea de que debía tratar sobre abogados y tener menos de 150 palabras. Esto es lo que ha salido:
Cadenas
Por uno de los extremos de la fábrica —al final de la cadena de montaje— van saliendo los abogados listos para usar: los trajes impecables, zapatos bien pulidos, el pelo engominado y peinado hacia atrás. Los operarios los envuelven con cuidado en papel de celofán y los van introduciendo en las cajas correspondientes: “mercantil”, “procesal”, o “selección de jurados” si hay algún encargo importante. En el otro extremo de la fábrica, los operarios arrojan a un embudo enorme la materia prima: brazos, piernas, torsos sangrantes, algún bebé todavía tierno, y abogados viejos, ya estropeados, que van diciendo cosas como habeas corpus o ius naturalismo.
Releyendo las bases, me he dado cuenta de que el microrelato debía incluir algunas palabras que los organizadores proponen cada mes. Las palabras de febrero son “espía”, “sentencia”, “cohete”, “letrado” y “gominola”. Podría añadir una frase más para terminar el relato (me sobran un puñado de palabras). Algo como:
Mientras tanto, el espía —sentencia el director de la fábrica, mientras se mete unas gominolas en la boca— debería salir como un cohete a buscar un letrado.
No pega ni con cola; me temo que los organizadores se lo iban a oler y no creo que lo admitiesen, pero como probar es gratis igual me animo.
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alvaro on Nov 26th 2008
Hace unos días vi esta viñeta en The Scientific Cartoonist. A pesar de que se refiere a la investigación científica, creo que es más que aplicable a la producción literaria:

Habría que añadir una tercera coordenada, “Luck”, y dibujar un gráfico tridimensional. El resultado sería como una pelota, o como un huevo: el huevo del fracaso. Estamos todos atrapados en el huevo del fracaso.
(Para los que no entiendan las leyendas del gráfico, un consejo: os irá bien estudiar un poco de inglés)
Actualización: He visto otra viñeta, esta vez en Savage Chickens, en la que habla de la confianza que tenemos de lograr el éxito.

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alvaro on Nov 25th 2008
Otro rato dedicado a escribir. Esta vez no estoy muy contento con el resultado, el texto necesitaría más de un repaso para sacar de él algo decente. Pero al fin y al cabo he dedicado unos minutos a la escritura que es lo que buscaba.
1038.- Escribe un relato sobre un viaje, interno o externo, en primera persona y tiempo futuro
Safari
El viaje empieza, por ejemplo, en el autobús que me devuelve a casa. Comienza a través de cualquier acto o imagen casual: una señora con el pelo demasiado rubio, una tos seca y persistente que se escucha desde los asientos del fondo, una puerta que no se abre en la parada y que provoca un estallido de gritos indignados que se van alejando. En cualquier descuido, una historia pasa fugaz frente a mis ojos; se para un segundo y, sintiéndose descubierta, se oculta en la maraña de abrigos como un animal salvaje. Imposible atraparla porque llega mi parada y está acurrucada al fondo, detrás de los faldones de un gabán. Imposible tambíen dejarla pasar, olvidar su piel de armiño y el aroma de almizcle que deja a su paso, así que al llegar a casa preparo el equipaje para el safari. No son folios y pluma, como harían otros para atrapar una historia: a mi no me serviría de nada. Sé que la historia, mi historia, se oculta entre los transeúntes disimulándose entre los pliegues de su ropa, no entre las páginas amarillentas de los libros. Es por esto que preparo: un par de mudas de ropa interior, pantalones y camisas de repuesto, una pequeña bolsa de aseo. Cargo con la maleta a hasta la estación. La historia es demasiado lista y sé que ya no se oculta en mi ciudad, ha huido lejos, no sé muy bien cómo consigo acertar siempre su destino pero al cabo de unas horas me bajo allí, en un anden en sombras, junto a una calle donde sobrevive una pensión barata en la que me acuesto sin desvestirme.
Al día siguiente paseo sin rumbo.
Hay otras historias, otros actos, imágenes que saltan a mi paso pero no son la historia. El cinturón de un abrigo: es demasiado largo, y la hebilla va golpeando la pierna a cada paso. El muñón de un mendigo tapado con una manta vieja: veo la historia arrebujándose por el interior del camal. Veo sueters descosidos, guantes que tienen un agujero por el que se asoma una uña mal cortada, faldas largas que arrastran por el suelo y dejan ver la punta de zapatos rojos. Veo historias, las veo esconderse entre las piernas de los transeúntes, las veo correr a esconderse tras la primera esquina, pero no son mi historia y camino sin rumbo.
Más tarde, mientras tomo café tras la vidriera de una calle del centro, la veo pasar. Intenta cruzar desapercibida, enrollada entre los flecos de una bufanda morada de mujer. Salgo tras ella sin pagar. La historia se ciñe más al cuerpo, intenta esconderse tras el doblez del cuello de la camisa, pero la veo, la veo, ella y yo sabemos que no escapará. La voy siguiendo por calles peatonales y ya distingo el comienzo de su cola que nace bajo un edredón sucio en un barrio obrero. Me siento tras ella en un autobús urbano, la huelo, huele a colonia barata y puchero de ajo. Casi rozo con la nariz sus bigotes asustados, su pelo manchado de laca y tintes socoridos. Resisto la tentación de tomarla con suavidad entre mis manos, de sujetarla con firmeza cuando se intente soltar como un animal atrapado. Resisto, bajo tras ella en una calle mal iluminada, aguanto mis nervios hasta que intenta ocultarse en un patio oscuro, roñoso, como una madriguera.
Cuando entro tras ella voy dándole vueltas a la navaja de afeitar que llevo en el bolsillo. Siempre guardo un trozo de piel de mis historias entre las páginas de un viejo diario.
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alvaro on Nov 20th 2008
Una de las cosas que me quedaron claras del curso de relato fue que tengo que mejorar mi expresión escrita. Es algo que ya me rondaba por la cabeza desde hace un tiempo: este verano, cuando leía “La saga/fuga de J.B.” me maravillaba la riqueza de vocabulario de Gonzalo Torrente Ballester. A ojo de buen cubero, debe manejar en cada libro cuatro o cinco veces más palabras distintas de las que habré usado yo en toda la vida. Me hacía gritar de la envidia, eso sí, solo cuando estaba sólo en casa y no se oían los pasos del vecino de arriba.
La cuestión es: ¿cómo mejorar mi vocabulario? ¿Cómo mejorar mi expresión? ¿Cómo encontrar palabras nuevas y aprender a manejarlas? La verdad, ando un poco perdido con el asunto.
Hasta ahora usaba diccionarios de sinónimos (el de sinonimos.org, por ejemplo) pero preguntando por aquí, rascando por allá, he descubierto la existencia de diccionarios ideológicos y de catálogos de palabras afines. En concreto me han recomendado el “Diccionario ideológico de la lengua española” de Julio Casares (en la wikipedia se puede encontrar más información). No sé muy bien cómo funciona porque todavía no lo he tenido en mis manos, pero creo que el truco se basa en agrupar los términos por las ideas principales que transmiten, para que a partir de una palabra que tenga relación con la que buscas puedas ir navegando el diccionario hasta encontrarla. No sé si esto será sencillo o complicado; tengo intención de acercarme a alguna librería para ver si me dejan manosearlo un rato, si lo consigo ya contaré algo de la experiencia
Por otro lado, como el diccionario ideológico es caro y debe ser un tocho inmanejable de mil y pico páginas, he dedicado algo de tiempo a investigar si había alguna herramienta informática que hiciese lo mismo. He “encontrado” una versión para windows del diccionario María Moliner que tiene una opción interesante: buscar en las definiciones de palabras (por ejemplo, si buscas “silla baja” encuentras taburete). También he encontrado un par de webs, un buscador de ideas relacionadas (ideasafines.com.ar) que creo que funciona como el Diccionario ideológico, y el Tesoro español de ideas afines. Parecen dos webs bastante útiles.
Por ahora no se me ocurre nada más. Creo que voy a intentar hacer uso de estos diccionarios: buscaré en cada relato las dos o tres palabras que nunca acaban de encajar, y veré si puedo encontrar otra más adecuada con su ayuda.
Se agradecerían ideas, desde luego.
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